En las fotos, Francisco, luciendo las tapas de una cholga, a modo de cuernos de dinosaurios. La vida, que da más, de lo que quita, me ha premiado con cuatro nietos, (por ahora). Adriel, Francisco y Nuria, que son hermanos y Almita que es el retoño de mi hija menor.
Dos por tres, hago un repaso de sus ocurrencias, para mitigar saudades, que me provoca el no verlos diariamente. Son el bálsamo perfecto y siempre logran arrancarme una sonrisa.
Viven en otra ciudad de la misma Provincia, distante 70 kilómetros de la localidad dónde resido. Con bastante frecuencia, Francisco de 5 años, se desprende de la contención de sus padres y viene a pasar los fines de semana a mi casa.
Esto y otras actitudes, para conmigo, hacen que Francisco despierte en mí algo especial.
Es un niño, retraído, suele jugar solo y debo admitir que cuenta para ello
con una gran imaginación.
Cuando no esta correteando por el patio, luchando cómo un gran súper héroe,
contra villanos imaginarios. Esta frente al televisor, mirando atentamente los dibujitos animados y acopiando en su memoria fantasías para sus juegos.
Es mi costumbre, asomarme cada tanto a la puerta de la habitación, para ver que hace.
O acercarme, besarlo y preguntarle: “¿Esta bien, el bebote de la abuela?”. Mi pregunta es reiterada, pero su respuesta suele variar, y la expresión que más me gusta escucharle decir es:- ¡Sí Abu, soy un niño feliz!-
Otras veces, requiere él mismo mi presencia, gritando, “¡Abu, veni rápido, dale Abu que quiero mostrarte algo!”. Y esta abuela chocha, deja al momento lo que esta haciendo. Y acude a su llamado lo más pronto posible; sabiendo de antemano, que lo que pretende el nieto, es que vea en uno de los tantos avisos publicitarios, el juguete que esta de moda y quiere que le compre.
Con su cara y voz más dulce, suele decirme: “¿Me compras eso?, daleeeee por favor”. A lo que acostumbro responder, “Bueno, mi amor, cuando cobre te lo compro“.
Generalmente, cuando vamos al supermercado, se instala frente a la góndola
de los juguetes y reclama mi atención, para señalar cual le gustaría llevarse,
con mí aprobación.
Así fue, cómo cierta vez, trajo un blister de muñecos de plástico, que eran la réplica de su héroe favorito “el hombre araña”, (como lo llamó yo) y él, muy serio corrige: “no se dice, el hombre araña, se dice: Spiderman”. Juguetes que no tardaron mucho en quedar destruidos, debido a la poca calidad del producto (Made in China) y a la feroz lucha, que debieron enfrentar con los adversarios.
Dicho sea de paso, al otro día que Francisco se fue, y trataba yo de restablecer el orden en la habitación, aparecían arrastrados por el escobillón, cabezas, piernas y brazos, desprendidos en crueles combates.
En su próxima visita y mientras lo abrigaba para ir de compras, me dice: “Abu, ¿me podes comprar algún juguete?”. A lo que respondí, para su asombro, “No, Francisco, porque los últimos que te compré, los rompiste enseguida”. Con cara de, “yo no fui”, me responde: “Por favor abuelita, nunca más voy a romperlos”, pero no muy convencida de ello y tratando de poner límite, le contesté, que de todas maneras no disponía de mucho dinero. Antes de perder la oportunidad de obtener algún que otro beneficio, con la seriedad de un pequeño hombre, preguntó: “¿Y para un libro te alcanza? ¿Me compras un libro? ”.
Me pareció muy buena idea, ya que pronto comenzaría su primer año escolar y sería bueno que se familiarice con los libros, “Esta bien, un libro sí te compro, respondí”.
Y así partimos, los dos satisfechos, yo por su acertada propuesta y él
por haber obtenido un Sí.
Ni bien entramos al salón de ventas, se dirigió al pasillo dónde están los juguetes y reclamó mi compañía, pero muy inflexible, le dije: “Frac., habíamos quedado en que compraríamos un libro”. Y él muy seguro de si mismo, apoyó sus dos manitos sobre la cintura, levantó su cabecita y mirándome a los ojos, con gesto de, “Abu no sabes nada”, me dijo osadamente: “Abuelita, ¿para que mierda, me vas a comprar un libro,
si yo no se leer?”
Si son padres, tíos o abuelos, no hace falta que les diga, lo que viví en ese momento.
Esa sensación rara que provoca el fingir seriedad y reír por dentro.
“¡Cómo me embromó, este crío! ¡Ayyyyyyy que me lo como a besos!
Pero debí tragar la carcajada y poner cara de: “Ah, noooo, chiquito, a mí con esas no, eh”
Desgraciadamente, tuve que guardar muy en el fondo de mi alma el título de abuela, usar el de adulto coherente y poner los límites que ameritaba la ocasión.
Tan pronto cómo pude disimular mi asombro, dije: “No, Francisco, quedamos en que juguetes, NO”.
Pero, confieso que me costó y estuve a punto de hacer uso, cómo muchas veces, de la tan trillada frase, -“Bueno, pero que sea la última vez, eh”-
Lo tomé de la manito y marcando el paso firme, me dirigí a la góndola donde están los libros, mientras Francisco, se resistía caminando sin ganas y me iba diciendo a modo de reto y tratando de hacer que reflexione: “Tu, te estas convirtiendo en una no muy buena abuela”.
Frase que además de causarme gracia, por su modo de expresión y su desarrollo gramatical, se convirtió en una de las favoritas de los miembros de la familia, después que narré el episodio.
A modo de broma, es utilizada, cada vez que alguien se niega a cumplir con un pedido expreso, solicitado por otro.
Es muy común que dichos, frases, anécdotas y costumbres sean transmitidas de boca en boca y lleguen así a los miembros sucesores.
Sin ir más lejos, mis tías, recuerdan una anécdota, dónde fui protagonista, destacando una frase, no menos graciosa, que la utilizada por mi nieto Francisco.
Por la época de mi infancia, algunas costumbres heredadas, se cumplían a rajatabla en la casa de mi abuela paterna, que fue dónde me crié.
La hora y el menú de las comidas, por ejemplo, las sufrí, cómo una manía absurda.
No se modificaban por nada, ni por nadie. Apenas media hora pasado el medio día, cómo para dar tiempo a llegar del colegio o del trabajo a los comensales, era el máximo de flexibilidad de la dueña de casa, Doña olvido. Para sentarse a la mesa. Pero con el menú no cedía.
El Lunes, puchero. Eso significaba, que el primer plato seria sopa, y el segundo los componentes del puchero, que cocinaba en la olla más grande que tenía, para que resultara abundante y sobrara para la cena.
Por consiguiente en la cena, primer plato sopa y segundo plato “ropa vieja”. Que es el nombre que le dieron a las sobras del puchero, cortado todo en trozos y servido frío con una mayonesa casera (puchero disfrazado).
Cada lunes, hacía las cinco cuadras que distaban del colegio a la casa, con la ilusión de degustar una comida distinta, pero el olor a sopa con apio, que se sentía a pasos de la entrada a la cocina, ya me comunicaba lo contrario.
La casa de mis abuelos maternos, Juana y Damián, estaba ubicada una calle más abajo, a espaldas de la casa de mi abuela Olvido,
Pero ambas, estaban unidas por un pasaje que recorría todo el centro de la manzana, limitado paralelamente por la casa de chapa, de mi tía Coca y uno de los lados del paredón que rodeaba la casa de doña Olvido.
Ese pasaje, lo transitaba cada lunes, con la esperanza de encontrar menú distinto y la invitación a participar del mismo.
Pero mis abuelas, para mi desgracia, se caracterizaban por tener las mismas costumbres. Así es que, volvía sobre mis pasos a comer con pocas ganas puré de zapallo y papas.
Para esto, la sopa había sido ya servida, y por supuesto yo no reclamaba.
Muchas veces, asomaba la cabeza sobre el paredón y observaba la entrada a la vivienda de la abuela Juana,y el patio delantero, donde jugábamos con mis primos cuando estaban de visita. Y si veía alguno de ellos, saltaba el paredón, evitando así, un gran trecho de recorrido hasta llegar al pasaje. Acción por la cual recibía llamados de atención, pero nunca tan graves, como para corregir cierta manía.
Me parece escuchar la voz de mi abuela, gritándome, “¡Pero, mira que eres machona, eh!”, Mientras yo, corría pasaje abajo, deslizando con fuerza mi mano sobre las chapas onduladas de la casa de la tía Coca, y provocando un ruido, que sabía le molestaba.
Cierto lunes y siguiendo con mi ritual, mientras me acercaba, veía un movimiento poco inusual en la casa de mi abuela Juana. Primos que vivían en otra ciudad, jugaban en la vereda, con otros que vivían relativamente cerca. Entonces pensé en la posibilidad de un cambió de menú, en honor a las visitas, pero una vez más me equivoque, la tradición se imponía.
Así que, puchero por puchero, decidí quedarme a compartir con mis primos y me senté a la mesa.
Una de mis tías, no recuerdo cual, (eran siete hermanas, contando a mi mamá), mientras acarreaba hasta la mesa, los platos de sopa que servía la abuela, muy amablemente dice: “falta servirle a Betty”.
¡Ay, no! El puchero puedo digerirlo, pensé, pero la sopa de ninguna manera.
Y haciendo uso de mi mejor representación de niña obediente, muy segura
De mi misma y de la credulidad de los demás, dije con vos firme, para que se escuchara bien. “Mi mamá, no me deja tomar sopa en casa ajena.”
Mi abuela apretó los labios, como si los mordiera y se puso de espaldas a remover la sopa.
Y una de mis tías, le dijo a las otras, mientras guiñaba un ojo: “Si la madre no autoriza, no hay que servirle sopa”.
Seguramente sintiendo, esa sensación que provoca el fingir seriedad y reír por dentro.
27-5-2008