jueves, 21 de junio de 2018

Deseo para vos

Cada año cuando se aproximaba la fecha de cumpleaños de mis hijas, deseaba tener mucho poder adquisitivo para regalarles todo lo que anhelaban.
Pero desde que nacieron hasta ahora, años han pasado y mi deseo no fue más que eso, un deseo.
Hoy, con mucha más experiencia de vida y con el mismo poder adquisitivo de siempre he llegado a la conclusión que lo mejor que puedo regalarles son mis deseos. 
Mis deseos y mis consejos, frutos de esa experiencia de vida, para intentar que la de ellas sea más fácil y placentera.

Aquí va mi regalo para vos princesa:

Deseo que sientas confianza en vos misma, que nunca dudes de tu fuerza.
Que vivas la vida con ilusión, que siempre estés entusiasmada y con planes para el futuro.
Que tomes tus propias decisiones, sin temor a equivocarte.
Que puedas obtener logros y que disfrutes de ellos,sin esperar la aprobación de los demás.
Que puedas cumplir con tus propias obligaciones y no te agobien las responsabilidades de terceros.
Que no dejes de hacer nada por miedo, que sepas que los miedos se desvanecen enfrentándolos.
Que vivas con amor y pasión y que siempre prevalezcan tus sentimientos.
Que puedas decir sí o no con convicción y firmeza. Que nadie doblegue tu voluntad o frustre tus metas.
Que pongas límites con entereza y los sostengas.
Que tengas capacidad para aceptar cambios.
Que sean pocas las adversidades, pero que tengas la madurez suficiente para saber que no hay vida sin ellas y que puedes vencerlas.
Que le des crédito a tu intuición y actues en consecuencia.
Que no desistas, que tomes riesgos, que recuerdes que el "NO" es una posibilidad, pero que hay que ir por el "SI".
Que siempre tengas a quien y puedas pedir ayuda. Y que entiendas que hacerlo no es signo de flaqueza.
Que tengas el juicio preciso para comprender y perdonar. Y que destierres el odio de tu alma pues hace daño a quien lo siente.
Que puedas ver siempre la copa llena, que seas optimista.
Que no temas a los fracasos porque de ellos se aprende y siempre existe la posibilidad de revertirlos.
Que la amistad te sea propicia; la lealtad, tu mejor virtud; la paciencia, tu mejor instrumento y
la generosidad, una cualidad constante.
Que no olvides que la soberbia es un vicio y que una sonrisa es la mejor carta de presentación.
Que puedas aceptar opiniones y consejos con humildad, pero que nunca permitas que te descalifiquen, te discriminen o te menosprecien.
Que seas consciente que todo aquel, que te subestima, te desvaloriza o se dirige hacia vos con palabras ofensivas, no te ama.
Que vivas tu vida con libertad, pero que hagas buen uso de ella, porque podrías deslumbrarte con un mundo que termine siendo tu propio verdugo.
Que tu prioridad sea ser tu misma, sin estar pendiente de los prejuicios ajenos.
Y por último, deseo que recuerdes que fuiste una hija esperada y amada.
Que siempre estaré a tu lado cuando me necesites, en las buenas y en las malas, que todo lo que dije o hice para con vos como mamá,
fue pensando en tu bienestar y sin intención alguna de herirte.
Si sentiste que lo hice, te pido disculpas, a ser madre se aprende sin manual, a medida que los hijos crecen,
por eso existe margen de error.
Y que cuando llegue el dolor, que yo sé que llegará,
no se te enturbie el amor,
ni se te nuble la paz. (Liturgia de las Horas, Lunes I, Laudes)
                                                                                         Tu mamá.

Que edad tengo

¿Que qué edad tengo?
La edad es un estado del espíritu.
Y por ahí va…
Cuando estoy con mis hermanos y primos, tengo la edad de esperar los reyes magos, del guardapolvo almidonado, de figuritas con brillantina y propinas por mandados. Soy la niña que dibujaba rayuelas en la vereda y la que en tardecitas soleadas, de rondas redondas de San Miguel, si se reía se iba al cuartel.
Cuando estoy con mis amigas, las del barrio o con las que compartí escuela, me siento una quinceañera, estrenando medias de seda y el primer tacón. Soy la extraña de las botas rosas y anillos al por mayor, la reina de la canción, que suspira por un extraño de pelo largo, que con fuego en su mirada, sin preocupaciones va…
Cuando estoy con mis nietos mi edad fluctúa, con Juancito, tengo la edad de la ternura y recorro junto a él, el camino de la inocencia, derribando miedos con rugidos de león. Tengo la edad exacta para cada aventura que emprenda mi pequeño gran explorador.
Cuando estoy con Ciro y Almita, se apodera de mí la edad de la fantasía, veo todo color rosa, o verde dragón, una espada en una rama y un micrófono en un cucharón. La imaginación corre, salta y vuela, mágicamente soy doncella, bailarina, un pirata o un robot, y las colitas de rana, me curan cualquier dolor.
Cuando estoy con Francisco y Nuria, vivo en la edad del puente, del gusano que se transforma en mariposa, la de las miradas furtivas, las mejillas sonrojadas y cosquillas en el estómago. Y dónde los besos, (que no se imaginan), saben dulces y son secretos. ¡Soy adolescente!
Cuando estoy con Adriel, tengo la edad de la pasión, de los castillos en el aire, de las luces de neón, los amigos, las canciones y el fogón. La edad de la espera, que no desespera, del tiempo generoso, de los caminos que incitan al viaje que siempre, siempre, se puede volver a iniciar.
Cuando estoy con mis hijas, transito la edad de la siembra, del coraje y viceversa. La de la sabía consejera, del abrazo protector, los besos fraternales, el corazón complaciente y el regazo acogedor.
Y cuando le doy tiempo al tiempo y me reconozco frente al espejo, tengo la edad de la cosecha, la edad de esperar con calma, de amigarme con mis canas, de añorar las ausencias y apreciar las presencias. De preferir calidad a cantidad y valorar más la actitud que la palabra. La edad en que me seduce, una tarde lluviosa entre sábanas, una cena con burbujas, una película en pijamas, una caricia en el alma. De pensar, sentir, crear y disfrutar mis momentos sin prisa y sin culpa. De añorar sin sufrir. De elegir y decir. La edad de proyectar sabiendo que todo, absolutamente todo cambia. De apostar a la vida y aferrarme a la esperanza. De no ceder a la pausa y de permitirme soñar despierta, ¡Total, no cuesta nada!

zapatos rojos


Se anuncia la primavera y junto con el renacer de los brotes, recobro energía, cómo un oso, después de su letargo de invierno. Definitivamente la primavera es la estación que más espero. Aunque en el lugar que habito, sólo puedo disfrutar de ella ya avanzado el mes de octubre. Hasta entonces, el invierno se resiste, y con su último aliento, nos impone varios días más de frío, lluvias y vientos, privándonos así de disfrutar soles cargados de calor, y por consecuencia de cualquier actividad en espacios al aire libre.
Aunque todo el conjunto de la sociedad, interactúe convencido, que la primavera está totalmente instalada.
Prueba de ello, son las vidrieras afanosamente preparadas para atraer a los consumidores, desplegando un amplio surtido de prendas apropiadas para temperaturas más elevadas y marcando con su colorido las tendencias de la moda.
Debo admitir, que sin ser gran consumidora, siento debilidad por detenerme ante ellas y observarlas detenidamente.
Así fue, cómo atrajeron mi atención un par de zapatos de tacón, color rojo, que se lucían provocadores en uno de los escaparates. Quedé absorta observándolos, acariciándolos con la mirada. De pronto, las imágenes, comenzaron a desprenderse unas tras otras desde un rincón de mi memoria, cargadas de nostalgias.
Y llegó nítido, el recuerdo de doña Hortensia, una española, que junto a su marido, Don Ramón, eran los dueños del almacén ubicado en la esquina, frente a la casa de mi abuela Olvido, dónde pasé mi niñez.
Llevaba en este país más años que en su patria natal, y aun así conservaba muy arraigadas las costumbres de sus antepasados.
Solía ocultar sus cabellos bajo un pañuelo del mismo tono que toda su vestimenta, negro funesto, poniendo de manifiesto permanentemente la pérdida de algún familiar.
Y por encima de su clásico batón, llevaba un delantal confeccionado por ella misma, con la tela que reciclaba de los sacos de harina, cubriendo así pechera y falda, y manteniendo la pulcritud de sus ropas.
Muy austera en su forma de vivir, entregada al trabajo y en constante plan de ahorro. Palabras y sonrisas, formaban parte de su economía.
El almacén de don Ramón, era el lugar apropiado para satisfacer las demandas de consumo de los habitantes del barrio, sin tener que recurrir al centro de la ciudad. Cosa totalmente engorrosa por esos tiempos, ya que no se disponía de automóviles particulares y para cubrir la distancia sólo se contaba con un micro que pasaba cada media hora (con suerte) y tardaba en hacer el recorrido, mínimo, otra hora más.
Resultado, si había en lo de Doña Hortensia, se compraba ahí.
¡Y qué no había! Desde lo más imprescindible, cómo el pan o la leche, hasta lo más increíble. ¡Y si, calzado, también!
Además, se contaba con la ventaja de que la almacenera, contribuía al ahorro de las familias humildes del barrio.
Yo:-Buenos días, Doña hortensia, dice mi abuela, que por favor le anote una lata de duraznos en almíbar.-
Ella:-Vale niña, dile a tu abuela que le mando un kilo de manzanas que he recibido hoy, que son más baratas y tan sabrosas cómo los duraznos.-
Yo:-Voy a llevar, 50 centavos en caramelos masticables-
Ella:-Ala, con 25 es suficiente, guarda otros 25 para mañana, que tanto dulce daña los dientes.-
Y así fue cómo me quedé con las ganas de unos zapatos que estaban a la venta en el almacén. Había de distintos modelos y colores, pero a mí me gustaban unos rojos, tipo mocasines, de suela de cuero.
¡Deseaba tanto renovar el clásico Guillermina color negro, de goma y cuero!. Los famosos “Gomicuer”, compañeros fieles de rayuelas y más rayuelas, juegos de pelotas, carreras, saltos con la soga y más de un chapoteo en los charcos después de la lluvia, y nada, ellos inalterables. Un trapo húmedo, betún y cómo nuevos otra vez.
Y en cuanto el crecimiento del pie pedía cambio, aparecía otro flamante par de “Gomicuer”, cuando no lo heredaba de las primas mayores, claro está.
Si mal no recuerdo, creo que fue el día que cumplía yo diez años, mi abuela, a modo de regalo, me mandó al almacén a comprar un par de zapatos. Fui tan apurada, cómo feliz, con la idea fija en los zapatos rojos, me paré frente a la estantería de calzados y cuando se acercó la almacenera, le señalé la caja, que tenía escrito, “color rojo, Nº 30” y le dije, muy segura de mi misma, -Quiero probarme esos zapatos, mi abuela me autorizó.-
Doña Hortensia, sin mediar palabra, estiró la mano y bajó la caja que decía,“Nº30, color negro”, y antes de que yo pudiera decirle – Doña Hortensia, se confundió de caja-
 Me dijo: -Anda, pruébate estos, te van a durar mucho más, los otros son muy caros para el bolsillo de tu abuela, no la pongas en gastos innecesarios-.
Gran cachetada a mi autoestima y adiós zapatos de mis sueños.
Creo que a partir de ese momento se insertó en mí la idea que ciertas cosas, por más que me gustaran, las deseara y estuviera en condiciones de adquirirlas, no eran apropiadas para mí. Autocensuré mis gustos y me regí por una conducta conservadora.
El espíritu monopolizador de Doña Hortensia me acompaño por varios años, sin que me percatara de ello.
Pero esta primavera, número cincuenta en mi vida, el oso despertó con ánimo renovador y desafiante.
Llegué a casa cargando una bolsa con membrete de zapatería, y con la sensación de haberme despojado de un montón de deseos truncados. Descubrí mi reciente adquisición, ante los ojos perplejos de mi hija, que exclamó, con gestos de reprobación en su rostro.
-¡Mamá, zapatos rojos!-
Me calcé los zapatos, caminé emulando el paso de las modelos en la pasarela y le respondí: -Hija, Doña Hortensia, se murió-, dejándola aún más perpleja.
Sin esperar que entienda y sin dar explicación, di rienda suelta a la alegría que emanaba de mi alma, con el mismo ímpetu que los brotes en los árboles y comencé a cantar con placer... “De chiquilín, te miraba de afuera, cómo esas cosas que nunca se alcanzan”…
                                                     Betty Mena-

El gato,Primavera,Luisa, Narciso y Boedo antiguo...

Madrugar no es lo mío, dormir siesta, tampoco. Suelo alargar las horas de sueño hasta que el cuerpo me da señales de que ya está satisfecho. Y claro, dada la hora que me levanto, ya no queda margen para siesta, si es que quiero disfrutar la luz del día. En esta etapa de mi vida dónde los compromisos escolares y laborales ya están más que superados, he decretado para mí, hacer lo que realmente siento y tengo ganas. Madrugar, está en la lista de lo que NO quiero hacer y por eso son pocas las actividades que me apartan de mi sueño mañanero.
Pero (siempre hay un pero), hace varios días me viene despertando “el gato”, que no es precisamente mi mascota. Gato, es el apodo del personaje del barrio, que adopto la esquina de casa, cómo paradero durante el día. Lo conocí hace años, cuando era famoso en el pueblo, por su habilidad en el fútbol y por su fama de “don Juan”. La fama de mujeriego, no fue algo que ganó con mucho esfuerzo, la herencia genética fue muy generosa con él, no así con sus hermanos. Por esa época, un joven atractivo, con lindas facciones y con un buen físico. Sumando a ello, un futuro prometedor en lo deportivo, eran cualidades que atraían a las jovencitas y a más de una dama cuya edad o estado civil, no eran impedimentos para disfrutar de los atributos del galán del pueblo. No pasó mucho tiempo que un equipo de fútbol de otra provincia, con aspiraciones de ascenso en la liga, hizo que “el gato” comenzara a transitar su sueño, jugar en las primeras divisiones. En principio, fue un contrato para una división más baja, pero era el pasaporte para llegar a la meta. En los descansos entre partidos y entrenamiento, conoció al amor, formo pareja y de ella nacieron hijos. Un privilegiado se podría decir, logro lo que pocos, ganarse la vida haciendo lo que le gustaba. En un receso vacacional, vino de visita al pueblo, se lo veía feliz, luciendo su triunfo deportivo, económico y sentimental. Hasta que en uno de esos días sin pena, ni gloria, a que nos tiene acostumbrados el ritmo del pueblo, llegó y circuló boca a boca, la nefasta noticia. El gato, había tenido un accidente, una mala jugada lo había dejado fuera del partido y con una pierna con quebradura expuesta. La intervención quirúrgica y la rehabilitación, que duró meses, no fueron buenas. Y así fue, cómo volvió al pueblo con su mujer, sus hijos, y el diagnóstico más cruel para un deportista, la renguera, sería de por vida. Cómo ayuda al hijo pródigo, le dieron una casa a estrenar en un barrio pronto a inaugurar y trabajo en el municipio. Pero nada fue suficiente para calmar su desazón. Encontró en el alcohol, el mejor aliado para olvidar su desgracia, pero también olvidó a su mujer y a sus hijos. No faltó quien le diera una mano, para sacarlo de su adicción. Estuvo internado en rehabilitación y lejos del pueblo muchos años. Cada tanto venía, dos o tres días, se lo veía bien, aseado y coherente, saludando a quienes se cruzaba, conociera o no. Cuando decidió quedarse definitivamente, comenzó su total perdición. Fueron muy pocos los días que se lo vio sobrio. Tomó por costumbre pararse en la puerta del supermercado que está en la esquina, en diagonal a casa. Muchos de sus ex compañeros de colegio, deporte y amigos, suelen concurrir a dicho supermercado y de esa manera se le hacía fácil conseguir, pedido mediante, el dinero para saciar su vicio. Apenas juntaba lo necesario, entraba al súper, compraba la caja de vino y se sentaba unos metros más allá a ponerle fin al contenido. Con el tiempo, el abuso en el consumo, fue haciendo estragos en todo él. El abandono físico llego a su punto máximo, la salud mental sufrió un deterioro considerable, los buenos modales para pedir la limosna, desaparecían con los primeros tragos y la ansiedad por conseguir más alcohol daba paso a los exabruptos. Las quejas de los clientes, se fueron sumando y por tal motivo, el personal de seguridad del supermercado, no solo lo desalojó de la vereda, sino que marcó un límite para su permanencia en el lugar. Desde entonces, la vereda de la frutería, que linda con mi casa, se convirtió en su nuevo parador. Pero, para lograr las monedas que antes obtenía estirando la mano, ahora debe gritar, para hacer notar su presencia. El, al grito de: -¡Holaaaa Papuuuuuuuuuuu!- Logra su cometido. Y yo, me despierto, sobresaltada y acordándome de toda su estirpe, su adicción, su pierna rota, su carrera frustrada, del médico que lo operó y etc., etc.
De los años de niñez y adolescencia, vividos en mi ciudad natal, tengo varios recuerdos, de personajes similares a “el gato”, no por su historia de vida en sí, sino por ser individuos con una característica que sobresale del resto de los habitantes del lugar.
Por las calles del centro solían transitar y eran populares, “Don Primavera”, quien se había ganado el mote porque invierno y verano vestía igual, con una impecable camisa color celeste de mangas cortas. Ofrecía sus billetes de lotería día, tras día, con su sonrisa amable y su trato cordial. El frío intenso del invierno patagónico, que a todos obligaba abrigarse, no hacía mella en él. Un personaje querido y recordado por todos los que lo conocieron. Aún vive en la misma ciudad.
Luisa, “la loca de la lotería”, cómo le decían, una judía polaca, que también vendía billetes de lotería y se paseaba con su pelo ensortijado, largo y desprolijo, teñido de amarillo paja, vistiendo cuanta más ropa podía, por temor a que se la roben y propinando algún insulto a los que se cruzaban por su camino, cuando no tenía un buen día. Había y hay, quienes la recuerdan en sus días de gloria, luciendo sus ojos verdes, su rostro bello y su cuerpo esbelto y atractivo. Fue figura codiciada en el viejo cabaret, en plena época del auge petrolero, dónde los derroches no solo eran de dinero, también de bajos instintos. Luisa, una noche macabra, encontró sin querer, la maldad de los hombres, abuso físico y sobredosis. Su mente no resistió, y ahí iba Luisa, por las calles, contra el viento, ofreciendo sus billetes, unos días enojada con el mundo y otros días no. Falleció víctima del cáncer, en el hospital Regional.
Y Narciso, ¡Que personaje!, Narciso, vivió con sus padres y hermanos en el casco de una estancia, cercana a la ciudad, hasta que su madre enfermó y falleció. El padre, sumido en la tristeza, no pudo hacerse cargo de la crianza de sus hijos. Narciso, fue adoptado por el sastre y su Sra., a los tres años de edad. Creció jugando con los chicos del barrio, en las calles del centro, dónde su padre adoptivo tenía el negocio y la vivienda. Narciso, un día cualquiera, se despojó del traje excesivamente pulcro y prolijo, decidió hablar lo justo y necesario y vivir sus días en soledad. Se identificaba con dos oficios, sin ejercerlos, de lustrabotas, cajón de madera bajo el brazo o petrolero, con botines de seguridad y casco metálico plateado sobre su cabeza. Solía sentarse sobre su banco, delante de las vidrieras de los negocios que exhibían televisores, y tranquilo, miraba sin escuchar, la programación que ofrecían. A Narciso, el que se recostaba panza al aire, a tomar sol, en el banco de la plazoleta, lo sorprendió la muerte, una noche de feroz tormenta, la precaria casilla que él mismo construyera, de chapa y madera, se derrumbó sobre cuerpo mientras dormía.
No de todos los personajes de barrio, que he conocido, se su historia. Algunos, no tienen en mí recuerdo, historia previa, ni final.
En Boedo, un barrio porteño, conocí a la mujer que barría la vereda, no se su historia, no se su nombre, si escuche decir: -Ahí está la loca, barriendo la vereda-. Era una mujer mayor, vivía en una casa muy antigua, con una puerta altísima de doble hoja, de madera, color marrón claro desgastado. Por esa puerta salía a diario a realizar su trabajo, con la escoba y un bidón de plástico con agua. Su apariencia era desalineada, pelo largo negro, invadido por las canas, ropa muy añeja, de tonos opacos, medias y pantuflas. Los rasgos austeros y rígidos de su rostro, me hacían adjudicarle mal carácter y creer que era una persona poco amigable. Otro día, pude verla luciendo unos anticuados ruleros y un viejo delantal, al estilo de Doña Florinda. Barría y barría, con tanto afán que muchas veces, sobrepasaba los límites de su vereda y llegaba muchos metros más allá, hasta la esquina. Cada tanto, tomaba el bidón y volcaba un chorro de agua sobre las baldosas o levantaba hojas, papeles o pequeñas ramitas y los depositaba en un contenedor municipal. Ella, hacía su tarea, sin percatarse de los demás, nada de lo que ocurriera en el entorno, la distraía. Cierto día, la vi salir de su casa, vestida de manera irreconocible. Llevaba un traje de falda y chaqueta de paño color rojo intenso, zapatos de taco bajo y cartera de cuero, color negro reluciente. Su cabello estaba peinado, tirante y prolijo rematando en un rodete en la nuca y los labios pintados del mismo tono que su vestimenta. ¡Vaya si me sorprendió! Caminó rápido y se perdió a la vuelta de la esquina, dejándome a mí, con la boca abierta y pensando en los posibles destinos, donde iría a lucir su impecable atuendo.
También en Boedo, barrio de tango, murga y carnaval, de veredas con añejos árboles y apetecibles sombras, dónde se posan los zorzales, a silbar de madrugada, convocando al amor. Lo vi pasar… Los días soleados, apenas pasadas las horas de la siesta, cuando los zorzales dormían, se oía la música que él hacía. No supe su nombre, tampoco su historia, pero mis oídos se deleitaban con la dulce melodía que creaba con su armónica, su presencia transitoria me llenaba de ternura. Un hombre canoso, un anciano, que a paso lento, recorría las viejas veredas del barrio. Llevaba en una mano, la armónica apretada, junto a sus labios y con la otra, sostenía fuerte la correa de su acompañante, su mascota, un pequeño perro raza callejera.
No viví más tardes soleadas en Boedo, ni volví a escuchar sus melodías, no sé, si su música aún suena por las calles, si su mascota le hace compañía. Cada vez que recuerdo, este personaje sin historia previa y sin final, me nace una sonrisa.
Y vos, que estás leyendo, lo que narro. ¿A quién recordas?

Día del padre

Celebramos el día del padre para honrar la paternidad. Cada familia celebrara este día de acuerdo a sus posibilidades y cada padre vivirá esta celebración de acuerdo a la influencia en la vida de sus hijos. Para muchos, la distancia será obstáculo para el abrazo, pero es ahí donde la tecnología acercará a padres e hijos con los saludos, ¡Viva por los MSN, el WhatsApp, Skype y el no menos célebre teléfono fijo! Yo, como tantos otros, mandaré un beso al cielo junto a mi eterno agradecimiento, mi viejo me dejó la herencia más fastuosa, poder recordarlo con orgullo. Amo ser la hija de…
Para mis hijas, esta será una celebración muy especial. Compartir este día con el padre significa la necesidad de retribuir desde el amor y de alguna forma, también simboliza el principio de un adiós. Significa expresar agradecimiento a quien les dio la vida y las ayudo a crecer, las dejó elegir, les permitió equivocarse, las abrazó cuando necesitaron consuelo y cuando consiguieron logros, y aunque muchas veces no estuviera de acuerdo supo guiarlas, sin gritos, sin insultos, con respeto. Fue generoso, con su amor y con su tiempo. Llega un momento en nuestras vidas, dónde las edades se acumulan y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en padre y el padre se convierte en hijo. Esta etapa transitan hoy, unidas y apoyándose mutuamente. Muchas horas de consultas médicas, muchos días de hospital y de esperas en la antesala de terapia intensiva, muchos kilómetros de idas y vueltas, porque a la desgracia de una enfermedad, se le suma la carencia de asistencia médica acorde a la patología, en el nosocomio de localidad. A pesar de que ya son muchos los días, nunca las he oído quejarse. Pero si las veo hacer y es ahí donde mi orgullo de madre rebasa todos los límites. El geriátrico o una persona al servicio, nunca fue la primera opción, a pesar de que el padre cuenta con una muy buena jubilación y está en condiciones de costear ambas cosas. Creo que el mejor regalo cómo padre que le han podido dar es la presencia de ellas en este momento y no por obligación o por compromiso, por AMOR. Es notable ese amor, se pone de manifiesto en cada mínima atención. Cuando lo cambian, lo bañan, le acarician las manos y los pies mientras le ponen crema, cuando le hablan y le cuentan cosas cotidianas mientras le dan los alimentos, cuando le dan los medicamentos en tiempo y forma, cuando se sientan a su lado y le leen las noticias sobre sus deportes preferidos, sin prisas, con dulzura y paciencia.
Cómo madre, estoy acompañándolas en lo que más puedo. Y no dejo de asombrarme, por la manera de proceder de ambas. Todo esto me ha llevado a comprobar de manera fehaciente que de nada valen los títulos que se pueden conseguir en la vida, ni todos los bienes materiales, ni una abultada cuenta bancaria, ni todo el poder adquisitivo, nada cuenta, nada supera el amor que fuiste capaz de dar. El AMOR, no tiene precio. Se consigue mediante trueque, “dar para recibir”. El ejemplo, también juega un papel preponderante en nuestras vidas. Seguramente ellas recibirán lo mismo de sus hijos, porque los chicos miran y copian. Y están todos ellos viendo a diario a sus madres en los cuidados para con el abuelo. Benditas sean!
¡Feliz el hijo que tiene un padre a quien amar, admirar y honrar!
¡Feliz el padre que supo dar y hoy puede recibir respeto y amor incondicional!

martes, 14 de junio de 2016

Las notitas de la abuela Olvido

Mi abuela Olvido, rara vez salía más allá del patio de su casa. Sus salidas eran a casa sus cuñados, que quedaban apenas a 3 o 4 cuadras y en ocasión de algún acontecimiento familiar o a misa para algún aniversario o cementerio los domingos. Hasta que el tío Ricardo, el marido de su hija menor, compró un televisor que también, disfrutamos todos los de la familia, por mucho tiempo. Cada día después de cenar, se iba a la casa de su hija, que quedaba al lado de la suya, a ver un nuevo capítulo de la novela, que por esos tiempos estaba en pleno auge, “La caldera del diablo”. Aunque los chicos del barrio, ya disfrutábamos desde un tiempo antes de esa caja cuadrada y mágica, gracias al almacenero de la cuadra, el “gringo” Marckotic, cómo lo llamaban entre vecinos, era oriundo de Croacia, trabajaba de albañil y había venido a vivir al barrio con su familia, su esposa y sus cinco hijos. Evidentemente Don Marckotic, que venía dejando atrás la tierra que lo vio nacer, por causa de la miseria que azotaba a gran parte de Europa, supo aprovechar el trabajo y todo lo que le ofrecía este país y en un tiempo prudencial levanto su casa y hasta un local dónde instalaron un almacén que era atendido por su señora y sus hijas. En ese mismo almacén, situó en lo alto de una vitrina de vidrio, dónde se exhibía la mercadería más cara, el primer televisor que vieron los vecinos del barrio, entre ellos mis primos, hermanos y yo. La transmisión comenzaba a las 18 has., con la señal de ajuste. Salíamos de la escuela dónde hicimos la primaria, a las 17 horas y caminábamos rapidito las cinco cuadras que separaban la escuela de la casa. Apurados, también tomábamos la merienda, para ir al almacén, dónde el dueño, con mucha generosidad, ponía los esqueletos de vino vacíos dados vuelta y en fila para que todos tengamos dónde sentarnos. No importaba si eran incómodos y nos dejaban la cola dolorida, porque bien valía la pena. Cada día el justiciero Cisco Kid y su caballo blanco nos maravillaba con su astucia para combatir a los malvados, cuando el capítulo diario llegaba a su fin, el gringo apagaba el tv para que se entendiera que era la hora de ir cada uno a su casa. Solíamos irnos siempre con ganas de más, lamentando no poder ver la serie que continuaba, ya que la transmisión duraba hasta las 24 horas. En las propagandas, veíamos los adelantos de Lassie, El Fugitivo, Bonanza y otras tantas series más, pero había que conformarse. Cuando los tíos Ricardo y Coca compraron el “Zenith”, mis primos, hermanos y yo, pudimos disfrutar de las demás series, eso sí, solo en los días fríos del año, porque en verano, eran mucho más atractivos los juegos compartidos al aire libre con los amigos del barrio. Solíamos juntarnos en el descampado que había en el centro de la manzana, dónde daban los fondos de la mayoría de las casas. Y ahí, sin más recursos que el ingenio, disfrutábamos a gusto de los juegos clásicos, mancha, escondida, saltar la soga, ladrón y policía o algún que otro inventado. Cuando fuimos más grandes y terminamos la primaria, ya la mayoría contaba con un televisor en su casa, salvo mi abuela que no podía costear semejante lujo, no contaba con pensión, ni jubilación alguna. Y ella sola debía hacerse cargo de los gastos de la casa, impuestos (luz, gas, agua), cuota del Banco hipotecario, que les había ayudado a construir la casa y además la comida y vestimenta de ella y mía. Y todo lo cubría con su trabajo de lavado y planchado, con el alquiler de una habitación y dos o tres pensionistas que tenía y a los que proveía de almuerzo y cena. Comidas servidas en riguroso horario 12hs y 20 horas. Después de dejar en orden la cocina, la abuela se iba cada noche, de lunes a viernes, a la casa su hija a mirar la novela. Cerraba su casa con llave y dejaba siempre una luz encendida, sus hijos y todos sus nietos, sabíamos de esta costumbre y también el lugar dónde la abuela dejaba la llave, por si alguno tenía la necesidad de entrar a la casa, durante su ausencia. Yo, volvía del colegio Domingo Sabio, dónde cursaba estudios, pasadas las 22 has., y más de una vez al entrar a la casa, encontré un papel sobre la mesa con notas manuscritas por la abuela, dirigidas a mí, o a alguno de mis primos. “En el horno hay comida, beso”, “Si vienen a buscar la ropa esta lista en la pieza, beso”, “Si volves a salir, cerra con llave, beso”, “No dejes el gas prendido, si te vas a dormir, beso”… Recuerdo sus notitas y me lleno de ternura. Ella, solo se iba por apenas una hora y a pocos metros de distancia, pero no dejaba de preocuparse por nosotros. Esas notitas eran un mimo más, entre los tantos a los que nos tenía acostumbrados. Yo también, alguna vez recurrí a las notitas, quizás de manera inconsciente, imitaba a mi abuela. Solía escribir mensajes y los escondía en los lugares más diversos, pero dónde yo sabía que el destinatario los encontraría tarde o temprano y sabría así de mi amor y mi agradecimiento por alguna actitud para conmigo o que me iba extrañando a la persona y el lugar. Clik. Me ilusionaba pensando en la sorpresa o la alegría que iban a generar estos mensajitos. Era una manera de estar presente, con un mimo, más allá de la distancia. Casi sin darme cuenta, esta herencia de la abuela, la traslade a mis hijas, les enseñé que para escribir, desear y decir cosas lindas, no hacía falta una tarjeta costosa, que escritas en un papel común, pero con mucho amor, cumplían el mismo objetivo. Aún hoy conservo notitas de ellas escritas para mí o para su padre. Me di cuenta de ello, hace unos días, cuando buscaba un papel que necesitaba y dentro de la caja había un folio con todos estos tesoros. Con el tiempo, dejamos de ir a lo del gringo a ver tv. Dejamos el barrio. Con el tiempo, ya no hubo más necesidad de escribir notitas para dejar sobre la mesa. Con el tiempo, dejamos de escribir y mandar cartas. Pero el tiempo, no cambia la esencia. Y cómo dice el dicho, “Lo que se hereda no se roba”. Y cómo decía mi abuela: “Cosecharás tu siembra” Prueba de ello, es el mensajito que me despertó días pasados. Mi nieta Almita, escribía y me decía mediante un mensaje de texto ( whatsapp) “ Yo te quiero”.

miércoles, 4 de enero de 2012

Hasta siempre Ventuchis!!!




Internet me dió la oportunidad de conocer mucha gente, con las que he compartido por años correos, charlas y hasta reuniones para conocernos. Entre ellos estaba Andrés, "Ventuchis" , un Asturiano de 77 años, tan lindo de Alma, cómo su tierra. Y por ser de allá, de la tierra de mi abuela Olvido, senti por él un cariño especial, supo escucharme, enseñarme y acompañarme en muchos momentos buenos y malos, con su gran sabiduría y con su respeto de hombre de bien.La vida me dió la oportunidad de conocerlo personalmente, no hace mucho en Madrid y desde entonces, llevo colcago a mi cuello el triskel que me regalo. Dejo de existir fisicamente, pero vivirá en mi corazón por siempre. Que descanses en paz mi querido Vento. ¡Te quiero y te admiro mucho!