domingo, 19 de julio de 2009

Amigos


Ayer 16 de julio, viajé a Pico truncado, ciudad dónde viví hasta marzo del año pasado.
Mi amiga Amalia cumplía años y como es costumbre, nos juntamos a compartir momentos agradables matizados de besos, abrazos, buenos deseos, anécdotas de años pasados y relatos de los últimos acontecimientos, que se mezclan con las risas de nuestros hijos y los juegos de los nietos.
Pasaron 34 años del día que la conocí. Vino desde Chile, su tierra natal, a casa de unos familiares, que habían logrado establecerse bien en Argentina. Buscando cómo muchos, mejor porvenir.
Un primo hermano de su madre, que era compañero de trabajo de mi marido, la acogió en su casa. Por ese entonces, vivíamos en el barrio de 90 viviendas que tenía la empresa Gas del Estado y que ponía a disposición de sus empleados. Casi en su totalidad, era gente que provenía de otras ciudades.
Los Chalet del barrio, se imponían con su construcción costosa, en ese pueblo del norte de la Patagonia.
Lucían paredes de material, prolijamente pintadas y techos a dos aguas, frente de ladrillo a la vista, grandes ventanales y lujosas puertas de madera. Extensos patios parquizados y cerco perimetral a tono con la vivienda. Cosa que contrastaba, con las demás viviendas que completaban el ejido urbano del pueblo.
La gente que lo habitaba, eran agentes de YPF, empresa petrolera del estado, que contaba también con su barrio de viviendas, un poco más alejado, de lo que se perfilaba cómo el centro de la ciudad.
Los antiguos pobladores; que se dedicaban a la cría de ganado ovino y eran los dueños de las estancias, que se encontraban en los alrededores. Y el personal que cumplía tareas en las mismas, con sus respectivas familias.
Algún que otro audaz, que en pos de progreso, no dudó en buscar nuevos horizontes
Y afincarse en el pueblo; instalando un negocio, para proveer la demanda de los habitantes.
Ya sea, en alimentos, vestimenta, e insumo de medios de transportes.
Y la gente, que desempeñaba tareas en las entidades públicas; hospitales, Comisarías, Municipio, Juzgados, Correos, Bancos, Educación e Iglesias.
La gran Mayoría, con la idea de trabajar el tiempo necesario para lograr unos ahorros y volver a su lugar de origen, por lo que se conformaban con habitar viviendas que cubrieran sus necesidades básicas, sin dar mayor importancia a la estética exterior de las mismas.
Yo me sumé a la lista de habitantes, el 5 de octubre de 1975. Días antes, por disposición de la empresa, mi marido, tenía el traslado y accedía como personal de planta permanente a habitar una vivienda en el barrio. Solo era necesario llevar ropa y artículos personales, porque las mismas, estaban equipadas con todo lo necesario. El amoblamiento completo para cada habitación, living, comedor, cocina, lavadero, baño y garaje. Enseres de cocina, ropa de cama, cortinas, etc. Todo elegido con muy buen gusto, acorde con la decoración y confeccionados en materiales tan buenos, cómo costosos. De todas maneras, cargamos nuestras pocas pertenencias en el camión que hizo la mudanza y detrás de él, en el auto de mis viejos, hicimos toda la ruta hasta llegar a destino. Después de habitar, durante el poco tiempo de casada, un pequeño departamento, la casa que tenía delante de mis ojos, se veía demasiado grande y ostentosa. La recorrí asombrándome de todo, aún recuerdo el comentario a modo de broma de mi papá, “Quien te ha visto y quien te vé” y el de mi mamá, que decía: “Menuda tarea, limpiar estos pisos de parquet”.
Contaba con calefacción central, cosa que ni mis viejos, ni yo, sabíamos cómo funcionaba, de modo que nos limitamos a encender las hornallas de la cocina, para amortiguar apenas, el frío. Imposible calentar todos los ambientes con eso.
Terminaron de descargar todo lo que venía en el camión; y mis viejos, se despidieron de mí, porque no era aconsejable andar por la ruta de noche y con nieve.
Así como lo lee, aunque parezca extraño, Pico Truncado, me recibió con nieve, cosa que no es frecuente para esa época del año, ya avanzada la primavera.
Y ahí me quedé, en un pueblo extraño, en una casa tan desconocida, cómo enorme, con mi hija de apenas meses en los brazos, cerca de la cocina para combatir el frío y mirando caer la nieve a través de la ventana que daba al patio trasero, a esperar que llegara mi marido de su lugar de trabajo, distante 19 km.
¿Será por eso, que detesto la nieve? ¿Será por eso, que me produce esa sensación de angustia y me deprime? Siento que me limita.
A pesar de que mantener la casa limpia y en orden, demandaba tiempo, yo sentía que los días eran demasiado largos y tediosos.
Por ese entonces, los programas radiales o la música que se podía escuchar a través de un combinado, eran toda la compañía que podía obtener hasta las 18hs., Que era cuando comenzaba la transmisión de Televisión, y que se obtenía por medio de una repetidora local, desde una ciudad distante 200km. Que no siempre era nítida y posible, debido a los vientos reinantes en la zona.
Por tal motivo, el día que Amalia, golpeó a mi puerta y expuso su necesidad de obtener unas horas de trabajo, ofreciéndose para realizar las tareas domésticas, o el cuidado de mi hija.
No tarde mucho en tomar una decisión y decirle que la esperaba lunes, miércoles y viernes. Y así fue, cómo comenzó nuestra relación.
No se si mi afán por el orden y la limpieza, quedó arraigado en mi, después de disfrutarlo por años en la casa de mi abuela o es un mal congénito que traigo desde el nacimiento. Pues es mi mayor adicción. A tal punto de ganarme el apodo de “loca” por ello.
Disfruto hacerlo y es más, estoy totalmente convencida que nadie lo hace mejor que yo. (Já, soy leonina)
Así fue cómo, Amalia, tenía muy pocas tareas para hacer, y mucho tiempo para sentarse y compartir conmigo mates y charlas.
Además de la edad, teníamos muchas cosas en común, fue fácil integrarnos.
Los días que ella venía, se acortaban, eran más amenos. Solíamos salir al patio, sentarnos al sol y hablar sobre nuestra ciudad natal, familias, amigos, etc.
Pasaron los años, Amalia se puso de novia y compartí con ella toda la ilusión de los preparativos para el casamiento. Ya a esta altura de nuestra relación, amabas nos considerábamos amigas.
Así que el hecho de convertirse en Sra. y dejar de trabajar no fue impedimento para que sigamos visitándonos y participando de todos los acontecimientos buenos y malos que fueron sucediendo en nuestras vidas.
Nacieron sus hijos, de la mayor soy la madrina. Nacieron las mías. Y entre llantos y risas, generados por la felicidad de nacimientos, cumpleaños, bautismos, comuniones, egresos, casamientos y las enfermedades o pérdidas de seres queridos, más que amigas, podemos decirnos hermanas, por derecho de elección mutua. Y por disposición de nuestros hijos, que decidieron autodenominarse primos. Admiro de Amalia, su tenacidad para enfrentar adversidades, su aptitud para adaptarse y su resistencia al dolor. Su apariencia pequeña y frágil, se contradice con su valor. Es buena persona, de ademanes suaves, de hablar calmo y creíble. Y mejor esposa y madre.

La vida, me ha dado la dicha de poder festejar con creces el día del amigo. Me siento bendecida, me gusta presumir de las amigas que conservo de tantos años. Soy conciente, de que una amistad se forma cuando se desarrolla plenamente el sentimiento de la lealtad y hermandad. Y sé, que puse empeño en ello.
Con Betty F, (así nos diferenciamos, pues era el nombre de moda cuando nacimos) Mi amiga de la infancia, creo que aprendimos a caminar juntas, nuestras familias eran vecinas. A pesar de la distancia, que nos separa, 500 km., aún mantenemos intacta la destreza de hablarnos con la mirada. No es, en el nombre, solamente en lo que coincidimos. Por ella, conocí a Carmen, amiga mutua.
Con Betty C, chocamos codos en la escuela primaria y secundaria. Más nos unió, la complicidad del primer noviazgo. Dos amigas, con dos amigos, lo típico. Es viuda de ese primer novio. Suelo compartir reuniones familiares, no solo con ella y sus hijos, también con su madre y hermanos. Y decirnos, unas veces ella, otras veces yo, “aunque no vaya a verte o te llame, sabes que te quiero y me acuerdo de vos”.
A Gladis, la conocí en mi primer lugar de trabajo, una distribuidora de golosinas. El trabajo, no me duró mucho, pero si la amistad con ella. El destino nos separó por años. Ella, su esposo e hijos, por causas laborales, han debido trasladarse y cambiar domicilio con frecuencia, pero así y todo, no es ajena de lo que vivo a diario. Estamos en contacto y me resulta fácil y gratificante decirle: ¡”te quiero, tengo ganas de verte”! o “feliz cumpleaños” , cómo lo hice días atrás. Sé, que es recíproco.
Luisa y Kena, fueron parte del Barrio, donde transcurrieron años de mi adolescencia y mis primeros años de casada. Kena y su esposo, ambos Chilenos e inmigrantes por causa de los sucesos, que se vivían en su país, por aquellos años. Alquilaban, como mi esposo y yo, uno de los departamentos, “de la vecindad del Chavo”, como le decimos a manera de broma, cuando los recordamos. Eran cuatro departamentos, en un mismo solar y del mismo dueño. Luisa, era la dueña del Kiosco más cercano. Luisa y su Flia., Hoy están en Córdoba, se fueron a seguir la vida en el lugar de sus sueños, después de años de trabajo y merecido progreso. Nos vemos cada vez que viajo a Córdoba o cada vez que añora a La Patagonia y regresa. Mi casa es su casa y viceversa.
Kena y su Flia., están cerca, son dueños de un supermercado, suele venir asiduamente a verme. Suelo ir yo, con menos frecuencia, pero con el mismo cariño de siempre a verla.
Me gusta su simplicidad y la manera con que se expresa sobre mis viejos, cuando los recuerda.
María, y su flia, Habitaban la casa lindante con la mía, en el Barrio de Gas del Estado.
Por muchos años, solo cruzábamos los saludos formales entre vecinas, pero su hija y las mías, que eran compinches, lograron un acercamiento y que nos pusiéramos de acuerdo para realizar el viaje a España. Fue un mes de paseo, día y noche juntas, descubriendo otras costumbres, otros paisajes y que teníamos mucha afinidad. Afianzamos esta relación, e hicimos, además de otros viajes, muchas otras cosas juntas. Nos resulta viable, porque su hija y las mías se tratan y se quieren, más que como amigas, cómo hermanas.
Graciela, Irma, Nilda, Silvana y Nancy, no menos queridas y con muchas vivencias compartidas, en Pico Truncado, son cómo María, las amigas de la madurez, a quienes quiero profundamente y de quienes recibo muestras de cariño con frecuencia. También sus hijos son partícipes de las vidas de mis hijas, emulando nuestra amistad. Con todas comparto distancias y la alegría de reencontrarnos cada tanto. No convalida la amistad, la escasa cantidad de tiempo que disfrutamos juntas, pero si la calidad con que se da.
El avance de la tecnología, me permitió conocer a mis amigas/os virtuales. A través del Chat en que el que habitualmente participo.
No con todos los participantes se dio. Si bien, van a hacer cuatro años que los leo, con varios de ellos, solo intercambiamos saludos de cortesía y alguna que otra frase, según de que vaya el tema.
Pero, a más de uno de ellas/ellos, puedo considerarlos amigos, sin temor a equivocarme, teniendo en cuenta que entre nosotros, convergen afecto, respeto mutuo y confianza.
A lo largo de mis cincuenta y tres años, he conocido infinidad de personas, debido a las distintas actividades que realicé. Y si bien, he mantenido contacto con muchos, y me agrada de pronto volver a verlos o recordarlos. No los considero amigos. Si, compañeros de actividades.
Soy cauta, para usar esa palabra .Creo que los sentimientos de los demás, merecen todo mi respeto. Puedo o no compartirlos, pero no tomarlos a la ligera o restarles importancia.
Se, que se pueden entablar vínculos de amistad, más allá del espacio y el tiempo. Pero, se también, que cada relación debe ser privilegiada, digna, nunca agobiante. Que hay que saber aceptar a los otros tal cual son, sin imposiciones y pretensiones.
Días atrás, en un intercambio de opiniones, escribí en el Chat, que mi idea era sumar, no restar, que lejos de mi estaban las intrigas y confrontaciones. Que mi intención, era hacer amigos. Alguien, opinó apresuradamente, que tenía amigos de la vida, que no necesitaba un Chat para lograrlos. Nada conteste. Me quedé con la satisfacción de saber que yo también los tengo y que además los disfruto con frecuencia.
Pero para mi deleite, días mas tarde, leí un párrafo en un foro, donde la misma persona, con dedicatoria expresa, vertía sus sentimientos hacia otra del Chat. Dando valor explícito a mí idea.
Y me parece bien, es normal que afloren. Como también, que nos pongamos un escudo de cautela, coincido en que, no en todos impera la buena intención, la comunicación virtual se presta con facilidad a la mentira. Pero con el correr de los días nos va acercando, vamos sumando coincidencias, afinidades y nos va permitiendo también, dar crédito a lo que nos dicen.
Que existe lo malo, es un hecho. Pero, esta en nuestras manos la herramienta para descartarlo.
Y dar prioridades a lo bueno. Como en todos los órdenes de la vida.
Cuestión de piel, se suele decir. Cuestión de letras, será en este caso, cuestión de expresarnos de manera racional, a través del teclado, cuestión de compartirlas con fe, desde el otro lado.
Amigo: No soy perfecta, poseo tantos defectos como virtudes. No soy la dueña de nada.
No me cierro, ni me planto. Sigo adelante, a pesar de… Estoy mas que convencida que debo vivir el hoy, que del pasado solo debo rescatar buenos recuerdos, que me alegren o me sirvan para no volver a cometer los mismos errores. Que el futuro es incierto. Que de nada vale decir, nunca jamás. Y es de necios, decir “todo me chupa un huevo”, quien verdaderamente piensa así, no tiene necesidad de explicarlo. Actúa en consecuencia, no habla de su vida, de sus dolores inmediatos, no escribe mensajes de aliento, no da, ni pide número de teléfono. No participa., ni se involucra.
No demuestra euforia, ni desconsuelo.
En todo lo que participo y le dedico horas, va anexado mi predisposición y mi respeto.
Mis amigos, los que conservo desde años, o los que frecuento, hace mucho menos, saben que me gusta compartir. Mis amigos virtuales, los que aún no conozco, lo están leyendo, espero que con la misma esperanza que yo, puesta en vernos y compartir pronto. Por eso les digo.

¡Feliz día del Amigo! ¡Si vieran con que placer lo escribo!…

BETTY.

viernes, 3 de julio de 2009

Piqueteros a la vista


La ciudad dónde resido, Caleta Olivia, desde hace ya tiempo, sufre el corte de rutas, por un grupo de personas que exigen al gobierno un incremento salarial.
Esto, para los lugareños, no es cosa nueva. Desgraciadamente, se han ido sucediendo distintos tipos de grupos, con reclamos parecidos y así van pasando los días, las semanas y los meses, y nos vemos privados de usar la ruta, para ir o venir cómo se nos antoje.
En cuanto unos consiguen lo que piden, otros siguen la posta.
Ya ni recuerdo, cuando escuché por primera vez la palabra “piqueteros”. Pero se, que hace bastante tiempo, los padecemos.
No intento con esto hacer política, lejos estoy de ello, sólo me limito a relatar algo que viví, y ya colma la paciencia. (Por decirlo de una manera educada)
Entiendo que todos tenemos derechos a reclamar, y que “el que no llora, no mama”.
Pero, también entiendo que mis derechos terminan, dónde comienzan los de los demás.
Hasta dónde se, una ruta Nacional, no se puede cortar. Por ese motivo, antes los reclamos se hacían sobre rutas provinciales. Pues ahora, da lo mismo, como si fuera tierra de nadie.
Y con carencia total de respuestas, al abuso, por parte de las autoridades.
Hacer piquete en ruta Nacional, joroba a más gente. A mas usuarios, Y por lo tanto, es más factible que los gobernantes escuchen. (filosofía piquetera)
Volviendo de mi último viaje desde Capital, en la última parada (antes de llegar a mi destino), que hace el micro, Comodoro Rivadavia. Recibo un mensaje al celular, de mi hija, cuyo texto decía: Mami, ¿pasa el micro?, porque hay piqueteros en la ruta, y el corte es hasta mañana a las 8 de la mañana. Eran las 19 horas, teníamos parada de veinte minutos para que el micro cargue combustible y seguir viaje. Para esto, ya llevábamos 24 horas de viaje y la ansiedad por llegar a destino, estaba a full.
Fui hasta ventanilla y pregunté a la persona que atendía, si estaban al tanto del piquete.
Me respondió, que en esos momentos, estaban pidiendo informes sobre la ruta, a Caleta Olivia. Unos minutos más tarde, se anuncia por el altavoz, que el micro partía.
Bien, pensé, falsa alarma. Me acomodé en la butaca, pensando que en apenas hora y media más, estaría abrazando a los míos.
Pero, al llegar al límite de Chubut y Santa Cruz, dónde esta el destacamento policial, el micro dio vuelta, retomando la ruta en sentido contrario.
El auxiliar de abordo, muy gentilmente comunicó a los pasajeros, que debido a que el corte de ruta estaba previsto hasta el día siguiente a las 8 de la mañana, habían recibido de parte de la empresa, la orden de volver a la Terminal de Comodoro. Que disponíamos, de ahí en más de pasaje abierto, para viajar cuando nosotros lo creyéramos conveniente o que podíamos esperar en la misma, por si se generaban cambios y se retomaban los viajes.
Me quitaban así, la posibilidad de poder cruzar el piquete caminando. Que es, lo que generalmente hace la mayoría de los pasajeros, que viven en Caleta.
El micro, queda en la ruta, a la espera de que a los piqueteros se les cante las ganas de abrirla, con los pasajeros que continúan viaje a localidades más lejanas. (Su destino final, es Río Gallegos). Y los que su destino final es Caleta Olivia, caminando y cargando sus equipajes, cruzan el piquete.
Del otro lado, suben a los autos de quienes los esperan o taxis o remis, que están a ofreciendo sus servicios, para llevarlos hasta sus domicilios.
La determinación de volver, por parte de la empresa, no solo me quitaba esa posibilidad.
Además, me sometía a la incomodidad que representa estar en una Terminal de micro, con un tránsito de gente continuo, con el equipaje (que no era poco) a cuestas y expuesta a todo tipo de contratiempos.
Demás esta decir, que dicha empresa; “Don Otto, Transportadora Patagónica” en estos casos, no se hace cargo de nada. Y que tampoco cuenta, con el beneficio de un depósito, dónde el pasajero en tránsito y contemplando este caso, pueda dejar su equipaje.
Llegamos nuevamente a la Terminal y la mayoría de los pasajeros fuimos a pedir explicaciones a ventanilla. Después de muchas respuestas sin sentido y de muy mal modo dadas, por quien dijo ser el gerente de la misma. Nos informaron que continuábamos viaje en un micro de otra empresa, si así lo decidíamos. De lo contrario, nos daban el pasaje abierto, quedaba a nuestro criterio.
Todos, habíamos elegido para viajar, el “servicio ejecutivo”, que ofrece la empresa.
Con butacas y servicio a bordo, diferenciado. Pagando un costo más alto de boleto, pero asegurándonos un viaje más cómodo.
El micro, al que nos destinaron, venía con pasajeros desde Córdoba.
Era un coche con “servicio semicama”, de la empresa Vía Tac. Con comodidades inferiores a las que habíamos abonado, pero la diferencia, no estaba en discusión, no se devolvía. Así que, o lo tomábamos o lo dejábamos, así de fácil (para ellos).
Opté por viajar en lo que nos ofrecían y muchos de mis compañeros de viaje, hicieron lo mismo.
A las apuradas, nos cargaron el equipaje y partimos.
Cómo era de esperar, llegamos hasta dónde estaba ubicado el último vehículo, que hacía cola, a la espera de que abran la ruta. Ya era noche cerrada.
Algunos Pasajeros, chicos jóvenes, decidieron cruzar caminando.
Yo, trataba de mandar mensaje por celular a mi familia, informando que estaba en la ruta. No podía, los mensajes rebotaban.
Pregunté a uno de los choferes del micro, a cuantos kilómetros estábamos de Caleta.
Me respondió, que a más de diez. ¿Se imaginan, la cantidad de vehículos parados?.
Al cabo de un rato, el mismo chofer nos dice: “¿Alguien quiere viajar hasta Caleta en remis?”.
Totalmente sorprendida, pregunte: - ¿Pero por dónde pasan?-
El chofer del remis, que estaba en la escalera de acceso al micro, me respondió:
-Por una ruta alternativa, por el medio del campo, que conocemos. Ya hicimos varios viajes, llevando pasajeros.-
-¿Cuánto cuesta el viaje?-
- Lo que marca el reloj señora, respondió, aproximadamente unos 50 pesos, pero lo puede compartir con otro pasajero, para achicar gastos-
- Esta bien, yo voy-.
Costo mucho encontrar mi equipaje dentro de la bodega del micro, debido a la escasez de luz y de la gran cantidad de carga que había en la misma.
No pude compartir el viaje con nadie, porque el auto era un Gol, muy chico para las dos valijas que traía, así que al llegar a la puerta de mi domicilio, saqué de mi billetera, la suma de 45 pesos, que marcaba el reloj. El tachero, feliz.
En medio del viaje, desde el micro hasta mi casa, ya me había arrepentido de haber tomado la desición, la ruta alternativa por la que transitamos, era muy peligrosa.
La huella apenas marcada, sin señalización, obviamente. Y con unas subidas y bajadas muy pronunciadas, vehículos que venían en sentido contrario, cómo por ejemplo y aunque Ud., no lo crea, una ambulancia.Y agregando a esto, la osadía del chofer, que parecía estar corriendo el rally Dakar. El miedo que sentía, era mayúsculo.
Pero, cuando vi abrir la puerta de mi casa y a mi hija salir a recibirme. Suspiré, di gracias a Dios, por haber llegado bien y me dije: “decidiste bien, Betty”
Después de la ducha reparadora, y de estar descansando en mi cama, pensaba en la incomodidad de los pasajeros que quedaron en el micro, tenían diez largas horas de espera, para que el micro comenzara a moverse. Y según el destino de cada uno, otras tantas para llegar a sus hogares. Había criaturas de corta edad, entre ellos.
De esto, ya pasaron semanas, y todo sigue igual. O peor, si tenemos en cuenta los difíciles momentos por lo que atravesamos, debido a la gripe A.
Mucha es la gente, de localidades vecinas, que se hace atender en el hospital zonal de Caleta, ya que en sus respectivas ciudades no cuentan con médicos especialistas o unidades de terapia correctamente equipadas.
Otra tanta y por causas distintas, suele concurrir a consulta a Comodoro Rivadavia, que es dónde hay mayor cantidad de médicos especialistas, en las distintas áreas de salud.
Si no se cuenta con un comprobante avalado por un médico, donde conste, que necesita consulta urgente, no te dejan pasar. Y así es, cómo turnos dados con mucha anterioridad, no es fácil conseguirlos de un día para otro, son perdidos.
¿No es, todo esto que narro, una injusticia social?
Y ante los hechos, ¿que hacemos?, ¿Un contra piquete?
Unos días antes de las elecciones, yo decía: “tenemos el gobierno que nos merecemos”
Porque más allá, de quejarnos un rato y de largar alguna que otra puteada, no hacemos nada para solucionar las cosas. Nos sometemos, al hacer de los demás.
Después de las elecciones, especialmente en mi provincia, creo que quedó manifestado
el descontento de la gente.
Pero nadie acusa recibo, cómo dice una canción: “al final, la vida sigue igual”.
Las fotos que adjunto a esta narración, son de otro piquete. Todavía no se veía el fuego de los neumáticos, que suelen quemar.
Viajaba desde la ciudad de Pico Truncado, hacia Caleta Olivia, en mi auto.
Llegué hasta el piquete y ahí quedé, ubicada en primera línea de largada. El auto que circulaba delante del mió logro pasar.
Uno de los piqueteros, palo en mano (lo usan para atemorizar) se acercó y me dijo:
-Hasta acá llegó señora- Lo miré, con mi mejor carita de “no pasa nada” y pensé, “maldita suerte la mía, quedar varada y no en Paris”.
Pasados unos minutos, se acercó otro y me pidió cigarrillos, para su desgracia, no fumo.
Y después de unos minutos más, se acercó otro, pidiendo que baje el vidrio, cosa que no hice y con total desparpajo, me dijo:
- ¿No tiene unos pesos que nos de?, para ayudarnos a comprar comida, tenemos que pasar la noche acá-.
Le contesté con un “no” austero y me mastiqué el resto del discurso.
Yo, no digo que no sea justo o real el reclamo, tampoco que la culpa sea del chancho.
Si digo, que no es la manera adecuada de hacerlo y que me molesta tener que sufrirlo.


¡Ay! País, país, país.
¡Ay! País, país, país.
¡Ay! País, país de nube,
lleno de humo y alcohol.
(canción de Piero, nunca mejor cantada)

miércoles, 1 de julio de 2009

Sembrando recuerdos


Cada vez que hago un repaso de los días de mi infancia, la imagen de mi abuela Olvido emerge de mi memoria, logrando instalar ternura y sonrisa en mi alma.

En muchas de mis labores, cómo ama de casa, esta su ejemplo.
Desde la elección de los colores para decorar la casa, hasta las recetas de sus comidas y dulces. Que se van difundiendo entre la familia, aunque por más que pongamos el mejor empeño para hacerlas, siempre, siempre, les falta el sabor especial, el toque de sus manos.
Tuve la suerte, por cosas de la vida, de convivir con ella hasta los 16 años.
Me crió con amor y me enseñó todo lo que debía, para ser una persona honesta.
La imagen de su figura, prevalece junto a mí, por distintas facetas de mi infancia y adolescencia.
Hay momentos que sobresalen y recuerdo con más fidelidad, sin ser los más relevantes, cómo el de comunión, o el de los quince, por ejemplo.

Lo que más me gusta repasar, de todo lo vivido junto a ella, es el momento de acostarnos.
Mi abuela era viuda, si no tengo mal los datos, mi abuelo falleció cuando yo tenía dos años de vida. Y quedamos las dos, compartiendo los días sin él, la casa y la cama matrimonial.
Ella, trabajaba mucho para mantenerse, no cobraba pensión alguna de su marido,
A pesar de que por años se había desempeñado cómo empleado municipal, llegando al cargo de capataz.
Si bien ella realizó todos los trámites pertinentes, nunca se supo que gestión, la privo de sus derechos. Por ello, debía lavar y planchar, pilas y pilas de ropa.
Solía levantarse de madrugada, en época de invierno, la claridad tardaba horas en hacerse
presente, mientras ella, escuchando la radio, y con el mejor ánimo se dedicaba a las tareas
que la ayudaban a afrontar sus gastos.
Era normal, que se acostara temprano, y yo con ella, aunque no tuviera ganas de hacerlo.
Ahí era, dónde mi abuela, se armaba de paciencia y desplegaba todo su ingenio para lograr
que yo me durmiera.
A veces, recurría a la narración de cuentos convencionales. Otras, me relataba hechos
de su infancia o me describía lugares o costumbres de Asturias, su lugar de nacimiento.
Y a medida que fui creciendo, fue ese el momento adecuado para afianzar el aprendizaje de las escalas, practicar las tablas, hacer sumas y restas de memoria o deletrear palabras.
Y cuando él cansancio de ella era más notorio y mi desvelo persistente, su sutileza quedaba en evidencia diciéndome: “La que se duerme primero, es princesa”.
Y cómo yo, tenía debilidad por la corona, me convertía en bella durmiente, así de rápido.

¿Será porque todo lo antes relatado, tiene un especial significado para mí, que mi mayor anhelo, es dejarle algo mío a mis nietos? Pero no cosas materiales, sino vivencias.
Por eso, trato de sembrar en ellos, momentos que queden firmes en su memoria y que sean fáciles para el recuerdo, por gratos y tiernos.

Me mudé de casa no hace mucho, la primera primavera que pasé en ella, nació por obra y gracia del viento, en el jardín, una plantita de tomate. Admito que en sus primeros días de vida y hasta que dio su fruto, no tenía ni idea de que especie era.
Pero igualmente, le di oportunidad de crecer y los cuidados necesarios para que diera cinco tomates pequeños, que mi nieto Francisco, degustó con placer.
La primavera siguiente, compre, en un vivero local, tres plantines de tomates.
Francisco, vino de visita con sus padres, el fin de semana y sumé a mis deseos de “feliz primavera” el regalo de los mismos. Le expliqué lo que eran y le propuse ir a plantarlos al patio de atrás.
Así lo hicimos, pala y rastrillo en mano, despojamos el terreno elegido de basura, hicimos un pequeño cantero, abonamos la tierra y enterramos los plantines.
En cada paso, le fui describiendo la importancia del mismo para que prospere el crecimiento y obtener muchos tomatitos. Y así, al cabo de unas horas, dejamos la pequeña huerta, a la espera de los frutos.
Con el paso de los días, se fueron desarrollando según lo esperado. Cada fin de semana, Franc, supervisaba su pequeña plantación. En muchas ocasiones, en su afán de beneficiar el crecimiento, inundó la huerta y aledaños con agua y la cara de su madre con gestos de desaprobación, al ver las zapatillas cubiertas de barro.
Hasta que llegó el momento de cortar los pequeños tomates y probarlos.
Ah! ¡Que orgulloso se sentía! ¡Y con que ganas los comía!
Por supuesto, parte del proceso, quedó registrado en una foto. Pero lo más importante, es que con seguridad, una gran parte del mismo, quedó registrada en su memoria y que los recuerdos, serán para su alma, cómo el abono para las plantas.

Mis ganas de narrar esto, surgió después de leer un correo de Marcela, la hija de mi amiga Luisa, a quien le envié unas fotos sacadas en casa, el fin de semana y en el cual me decía, que le había encantado verlas y deseaba algún día, compartir algo así con sus nietos.
Les cuento, en una de las fotografías, se ve a mi nieta Alma, de dos años, saltando sobre mi cama. Y en otra, a ambas, haciendo lo mismo, después de haberme visto obligada a aceptar su invitación, “A shatar abuela” Ja, ¡Cómo me divertí!

Mi hija, la madre de Alma, sacó la foto que registra la hazaña. No sin antes decir:

-¡Dale nomás, a mí no me dejabas saltar sobre las camas!-

Entre salto y salto, le respondí: - Porque vos, eras mi hija. No mi nieta.-