miércoles, 22 de mayo de 2019

Las familias de mi Barrio

LAS FAMILIAS DE MI BARRIO.
La casa donde nací era de chapa, con puertas y ventanas de madera, Era la vivienda de mis abuelos paternos, Leandro Adolfo MENA, oriundo de La pampa, y de su mujer María Olvido Álvarez García, de nacionalidad Asturiana, él era capataz en la Municipalidad y ella ama de casa. Cuando yo nací, mis abuelos habían construido en un terreno lindante y mediante crédito hipotecario una casa de material. La casita de chapa paso a ser el hogar de mis padres, Rubén Leandro MENA y Mercedes Guridi. En una de sus habitaciones, la partera Adela Small, ayudó a mi madre a traerme al mundo. Mis hermanos menores, Cristina, Rubén, Luis y Laura, nacieron unos en la clínica del Dr.Tejo y otros en el hospital que estaba sobre la calle Urquiza. Años después, la casa fue ocupada por mis tíos Ricardo Irisarri (El vasco) que trabajaba como chofer de camiones en Sismográfica YPF, su sra Inés Mena y sus hijos Ricardo y Lucia. Ellos vendieron la casa después de unos años a un médico del hospital Regional, que después de demolerla, construyó una casa nueva.
La casa de material tenía grandes ventanas en su comedor y habitación principal y desde ellas se podía ver la parte alta del Chenque y las casitas construidas en sus laderas, fue albergue de la flia, de amigos, pensionistas, ahijados (Angelita Quinteros) y niños que dejaban sus madres al cuidado de la abuela, Chiche y Quique y otros tantos. A su lado estaba el edificio del viejo matadero municipal, pero que por los años de mi niñez funcionaba como carpinteria en su ala derecha, la parte central, dónde la calle Alem termina, era usada como taller y garage de los vehículos municipales y en el ala izquierda, funcionaban oficinas y alguna vez aulas de enseñanza primaria y nocturna para adultos. Sus veredas fueron cómplices y participes de los juegos de los chicos del barrio, payanas, saltos con la soga y rondas redondas. Con cada pisa, pisuela y saltitos de rayuela, gastabamos cada dia un poco de la suela de los interminables Gomicuer y "el que no se escondió se embroma", se filtró infinitas veces entre los viejos ladrillos de sus paredes. Frente a él, y haciendo esquina, había un gran edificio, en la planta alta estaba el Residencial Atlántico y en la planta baja el Jockey Club.
Cruzando la calle Alem y también haciendo esquina, estaba la casa y almacén de Don Ramón y Doña Hortencia, un matrimonio de españoles, cuyo apellido no recuerdo, en dicho almacén, mi abuela tenía el beneficio de comprar fiado. Al terminar el patio del almacén, estaba la casa de la familia Chariant,(los turcos). En un principio su casa era muy similar a la de mis abuelos, pero años más tarde la demolieron y construyeron en su lugar un edificio de tres plantas. En la planta baja, su hijo mayor instaló un gimnasio, cosa muy novedosa, por esos tiempos. Obstentaba el título de Mister Comodoro obtenido en una competencia. 
Conservo en mi memoria la fachadas de las casas continúas, pero no recuerdo nada de sus moradores.
Sobre la acera de la casa de mis abuelos y yendo de Alem hacia Alvear, estaba la casa y negocio de la familia Prado. En la planta baja, tenían su negocio de venta y reparación de electrodomésticos. Y a continuación la casa de una familia de apellido Domínguez, que si mal no recuerdo eran propietarios de un restaurante en el centro. Y pegada a está, la casa y despensa y carnicería del matrimonio Markotich, Croatas ambos. Tenian 5 hijos, Boyena,Angela,Emilia,Beba y Antonio. Emilia y Beba, fueron integrantes del club de basquetbol femenino que representó a Comodoro en torneos regionales y nacionales. Una familia muy generosa. Apenas comenzó a transmitir señal canal 9, compraron un televisor y lo instalaron en el local del negocio. Para deleite de todos los chicos del barrio, Don Markotich, ponía los esqueletos de vino en fila, a modo de asiento y pasadas las cinco de la tarde encendía el aparato. Y ahí, de a poco íbamos llegando, unos con menos vergüenza que otros, a ocupar asiento y esperar ansiosos que termine la señal de ajuste para ver Cisco kid o Lassie, según la programación del día. Al final del episodio, taza, taza, cada uno a su casa, hasta el próximo día.
Eternamente agradecida a ese "gringo" bonachón. Lo recordamos en cada reunión, de primos y amigos.
Después, seguía la casa de la familia Chabrux, el jefe de familia, era taxista. Y pegada a está y en la esquina la casa de la abuela Bitopulos.
En la otra esquina, ya cruzando la calle Alvear, estaba la casa de la flia Acosta, tenían kiosco y salón de peluqueria, atendido por su hija. Años después, uno de sus hijos que trabajaba en el banco, puso negocio de ropa deportiva. Frente a ellos, la despensa y distribuidora de la familia de Juan Azpillaga (El vasco) y su sra Amelia Cavaleiro, donde trabaje cuando tenía 16 años, sus hijos Oscar y Ernesto (alumno del Liceo Militar)
Mis abuelos maternos,Damián Guridi y Juana Gerrero, vivían en la misma cuadra, pero una calle más abajo, en la calle Escalada, la casa de ellos fue demolida y construyeron en su lugar un edificio donde funciona un instituto de enseñanza de Inglés. Sus vecinos eran, la flia Arias, "los gallegos", y sus hijos, Manolo, Miguel y Juan, ellos tenían transporte urbano. Y hacia el otro lado, la flia Morales, Lalo, el padre era chofer de colectivos, sus hijos Carlitos( Cafeta) y Nely (hoy viviendo en Caleta Olivia). La flia de Federico Bock, sus hijas Betty y Rosita. La flia Sheward, la madre era enfermera, Nancy, la hija mayor (Eran tres hermanas) mi compañera de grado en la primaria. Y mas allá la familia Antorena, que tenían tres hijos varones y eran estancieros.
No quiero dejar de recordar a otras familias del barrio, cuyas hijas, fueron amigas y compañeras de colegio. Familia Rodriguez, Amalia era la mamá y sus hijos Pedro, Mirta y Miriam (Chiche) y familia Tribillini, tenian campo en las cercanias de Comodoro y sus hijas Cristina y Patricia, ¡Si habremos jugado sobre los fardos de lana que después de la esquila depositaban unos días en el amplio patio de su casa! Ambas familias vivían sobre calle Alvear. Y a la familia de José M. Turrez ( También chofer de sismográfica y vasco) y Rosina Guridi y sus hijos Juan Carlos y Edith, mis tíos y primos, que también vivían en el barrio, un poquito más abajo.
La cuadra tenía un pasaje que comunicaba la calle Necochea con la calle Escalada y en el centro de la manzana quedaba un espacio grande, vacio, que usábamos como patio comunitario, dónde "policias y ladrones" corrían sin el peligro de la calle, y los futbolistas de ambos sexos se esforzaban por vencer el arco contrario, marcado con piedras.
Pido disculpas si escribí mal algún apellido. Y deseo que cada uno de los integrantes de las familias del barrio que estén en este mundo se encuentren bien y a los mayores, los que ya no están, pero que procuraron con su esfuerzo, enseñanzas y cuidados que gozaramos de nuestros primeros años de vida y podamos hoy recordarlos con felicidad, que descansen en paz.

jueves, 21 de junio de 2018

Deseo para vos

Cada año cuando se aproximaba la fecha de cumpleaños de mis hijas, deseaba tener mucho poder adquisitivo para regalarles todo lo que anhelaban.
Pero desde que nacieron hasta ahora, años han pasado y mi deseo no fue más que eso, un deseo.
Hoy, con mucha más experiencia de vida y con el mismo poder adquisitivo de siempre he llegado a la conclusión que lo mejor que puedo regalarles son mis deseos. 
Mis deseos y mis consejos, frutos de esa experiencia de vida, para intentar que la de ellas sea más fácil y placentera.

Aquí va mi regalo para vos princesa:

Deseo que sientas confianza en vos misma, que nunca dudes de tu fuerza.
Que vivas la vida con ilusión, que siempre estés entusiasmada y con planes para el futuro.
Que tomes tus propias decisiones, sin temor a equivocarte.
Que puedas obtener logros y que disfrutes de ellos,sin esperar la aprobación de los demás.
Que puedas cumplir con tus propias obligaciones y no te agobien las responsabilidades de terceros.
Que no dejes de hacer nada por miedo, que sepas que los miedos se desvanecen enfrentándolos.
Que vivas con amor y pasión y que siempre prevalezcan tus sentimientos.
Que puedas decir sí o no con convicción y firmeza. Que nadie doblegue tu voluntad o frustre tus metas.
Que pongas límites con entereza y los sostengas.
Que tengas capacidad para aceptar cambios.
Que sean pocas las adversidades, pero que tengas la madurez suficiente para saber que no hay vida sin ellas y que puedes vencerlas.
Que le des crédito a tu intuición y actues en consecuencia.
Que no desistas, que tomes riesgos, que recuerdes que el "NO" es una posibilidad, pero que hay que ir por el "SI".
Que siempre tengas a quien y puedas pedir ayuda. Y que entiendas que hacerlo no es signo de flaqueza.
Que tengas el juicio preciso para comprender y perdonar. Y que destierres el odio de tu alma pues hace daño a quien lo siente.
Que puedas ver siempre la copa llena, que seas optimista.
Que no temas a los fracasos porque de ellos se aprende y siempre existe la posibilidad de revertirlos.
Que la amistad te sea propicia; la lealtad, tu mejor virtud; la paciencia, tu mejor instrumento y
la generosidad, una cualidad constante.
Que no olvides que la soberbia es un vicio y que una sonrisa es la mejor carta de presentación.
Que puedas aceptar opiniones y consejos con humildad, pero que nunca permitas que te descalifiquen, te discriminen o te menosprecien.
Que seas consciente que todo aquel, que te subestima, te desvaloriza o se dirige hacia vos con palabras ofensivas, no te ama.
Que vivas tu vida con libertad, pero que hagas buen uso de ella, porque podrías deslumbrarte con un mundo que termine siendo tu propio verdugo.
Que tu prioridad sea ser tu misma, sin estar pendiente de los prejuicios ajenos.
Y por último, deseo que recuerdes que fuiste una hija esperada y amada.
Que siempre estaré a tu lado cuando me necesites, en las buenas y en las malas, que todo lo que dije o hice para con vos como mamá,
fue pensando en tu bienestar y sin intención alguna de herirte.
Si sentiste que lo hice, te pido disculpas, a ser madre se aprende sin manual, a medida que los hijos crecen,
por eso existe margen de error.
Y que cuando llegue el dolor, que yo sé que llegará,
no se te enturbie el amor,
ni se te nuble la paz. (Liturgia de las Horas, Lunes I, Laudes)
                                                                                         Tu mamá.

Que edad tengo

¿Que qué edad tengo?
La edad es un estado del espíritu.
Y por ahí va…
Cuando estoy con mis hermanos y primos, tengo la edad de esperar los reyes magos, del guardapolvo almidonado, de figuritas con brillantina y propinas por mandados. Soy la niña que dibujaba rayuelas en la vereda y la que en tardecitas soleadas, de rondas redondas de San Miguel, si se reía se iba al cuartel.
Cuando estoy con mis amigas, las del barrio o con las que compartí escuela, me siento una quinceañera, estrenando medias de seda y el primer tacón. Soy la extraña de las botas rosas y anillos al por mayor, la reina de la canción, que suspira por un extraño de pelo largo, que con fuego en su mirada, sin preocupaciones va…
Cuando estoy con mis nietos mi edad fluctúa, con Juancito, tengo la edad de la ternura y recorro junto a él, el camino de la inocencia, derribando miedos con rugidos de león. Tengo la edad exacta para cada aventura que emprenda mi pequeño gran explorador.
Cuando estoy con Ciro y Almita, se apodera de mí la edad de la fantasía, veo todo color rosa, o verde dragón, una espada en una rama y un micrófono en un cucharón. La imaginación corre, salta y vuela, mágicamente soy doncella, bailarina, un pirata o un robot, y las colitas de rana, me curan cualquier dolor.
Cuando estoy con Francisco y Nuria, vivo en la edad del puente, del gusano que se transforma en mariposa, la de las miradas furtivas, las mejillas sonrojadas y cosquillas en el estómago. Y dónde los besos, (que no se imaginan), saben dulces y son secretos. ¡Soy adolescente!
Cuando estoy con Adriel, tengo la edad de la pasión, de los castillos en el aire, de las luces de neón, los amigos, las canciones y el fogón. La edad de la espera, que no desespera, del tiempo generoso, de los caminos que incitan al viaje que siempre, siempre, se puede volver a iniciar.
Cuando estoy con mis hijas, transito la edad de la siembra, del coraje y viceversa. La de la sabía consejera, del abrazo protector, los besos fraternales, el corazón complaciente y el regazo acogedor.
Y cuando le doy tiempo al tiempo y me reconozco frente al espejo, tengo la edad de la cosecha, la edad de esperar con calma, de amigarme con mis canas, de añorar las ausencias y apreciar las presencias. De preferir calidad a cantidad y valorar más la actitud que la palabra. La edad en que me seduce, una tarde lluviosa entre sábanas, una cena con burbujas, una película en pijamas, una caricia en el alma. De pensar, sentir, crear y disfrutar mis momentos sin prisa y sin culpa. De añorar sin sufrir. De elegir y decir. La edad de proyectar sabiendo que todo, absolutamente todo cambia. De apostar a la vida y aferrarme a la esperanza. De no ceder a la pausa y de permitirme soñar despierta, ¡Total, no cuesta nada!

zapatos rojos


Se anuncia la primavera y junto con el renacer de los brotes, recobro energía, cómo un oso, después de su letargo de invierno. Definitivamente la primavera es la estación que más espero. Aunque en el lugar que habito, sólo puedo disfrutar de ella ya avanzado el mes de octubre. Hasta entonces, el invierno se resiste, y con su último aliento, nos impone varios días más de frío, lluvias y vientos, privándonos así de disfrutar soles cargados de calor, y por consecuencia de cualquier actividad en espacios al aire libre.
Aunque todo el conjunto de la sociedad, interactúe convencido, que la primavera está totalmente instalada.
Prueba de ello, son las vidrieras afanosamente preparadas para atraer a los consumidores, desplegando un amplio surtido de prendas apropiadas para temperaturas más elevadas y marcando con su colorido las tendencias de la moda.
Debo admitir, que sin ser gran consumidora, siento debilidad por detenerme ante ellas y observarlas detenidamente.
Así fue, cómo atrajeron mi atención un par de zapatos de tacón, color rojo, que se lucían provocadores en uno de los escaparates. Quedé absorta observándolos, acariciándolos con la mirada. De pronto, las imágenes, comenzaron a desprenderse unas tras otras desde un rincón de mi memoria, cargadas de nostalgias.
Y llegó nítido, el recuerdo de doña Hortensia, una española, que junto a su marido, Don Ramón, eran los dueños del almacén ubicado en la esquina, frente a la casa de mi abuela Olvido, dónde pasé mi niñez.
Llevaba en este país más años que en su patria natal, y aun así conservaba muy arraigadas las costumbres de sus antepasados.
Solía ocultar sus cabellos bajo un pañuelo del mismo tono que toda su vestimenta, negro funesto, poniendo de manifiesto permanentemente la pérdida de algún familiar.
Y por encima de su clásico batón, llevaba un delantal confeccionado por ella misma, con la tela que reciclaba de los sacos de harina, cubriendo así pechera y falda, y manteniendo la pulcritud de sus ropas.
Muy austera en su forma de vivir, entregada al trabajo y en constante plan de ahorro. Palabras y sonrisas, formaban parte de su economía.
El almacén de don Ramón, era el lugar apropiado para satisfacer las demandas de consumo de los habitantes del barrio, sin tener que recurrir al centro de la ciudad. Cosa totalmente engorrosa por esos tiempos, ya que no se disponía de automóviles particulares y para cubrir la distancia sólo se contaba con un micro que pasaba cada media hora (con suerte) y tardaba en hacer el recorrido, mínimo, otra hora más.
Resultado, si había en lo de Doña Hortensia, se compraba ahí.
¡Y qué no había! Desde lo más imprescindible, cómo el pan o la leche, hasta lo más increíble. ¡Y si, calzado, también!
Además, se contaba con la ventaja de que la almacenera, contribuía al ahorro de las familias humildes del barrio.
Yo:-Buenos días, Doña hortensia, dice mi abuela, que por favor le anote una lata de duraznos en almíbar.-
Ella:-Vale niña, dile a tu abuela que le mando un kilo de manzanas que he recibido hoy, que son más baratas y tan sabrosas cómo los duraznos.-
Yo:-Voy a llevar, 50 centavos en caramelos masticables-
Ella:-Ala, con 25 es suficiente, guarda otros 25 para mañana, que tanto dulce daña los dientes.-
Y así fue cómo me quedé con las ganas de unos zapatos que estaban a la venta en el almacén. Había de distintos modelos y colores, pero a mí me gustaban unos rojos, tipo mocasines, de suela de cuero.
¡Deseaba tanto renovar el clásico Guillermina color negro, de goma y cuero!. Los famosos “Gomicuer”, compañeros fieles de rayuelas y más rayuelas, juegos de pelotas, carreras, saltos con la soga y más de un chapoteo en los charcos después de la lluvia, y nada, ellos inalterables. Un trapo húmedo, betún y cómo nuevos otra vez.
Y en cuanto el crecimiento del pie pedía cambio, aparecía otro flamante par de “Gomicuer”, cuando no lo heredaba de las primas mayores, claro está.
Si mal no recuerdo, creo que fue el día que cumplía yo diez años, mi abuela, a modo de regalo, me mandó al almacén a comprar un par de zapatos. Fui tan apurada, cómo feliz, con la idea fija en los zapatos rojos, me paré frente a la estantería de calzados y cuando se acercó la almacenera, le señalé la caja, que tenía escrito, “color rojo, Nº 30” y le dije, muy segura de mi misma, -Quiero probarme esos zapatos, mi abuela me autorizó.-
Doña Hortensia, sin mediar palabra, estiró la mano y bajó la caja que decía,“Nº30, color negro”, y antes de que yo pudiera decirle – Doña Hortensia, se confundió de caja-
 Me dijo: -Anda, pruébate estos, te van a durar mucho más, los otros son muy caros para el bolsillo de tu abuela, no la pongas en gastos innecesarios-.
Gran cachetada a mi autoestima y adiós zapatos de mis sueños.
Creo que a partir de ese momento se insertó en mí la idea que ciertas cosas, por más que me gustaran, las deseara y estuviera en condiciones de adquirirlas, no eran apropiadas para mí. Autocensuré mis gustos y me regí por una conducta conservadora.
El espíritu monopolizador de Doña Hortensia me acompaño por varios años, sin que me percatara de ello.
Pero esta primavera, número cincuenta en mi vida, el oso despertó con ánimo renovador y desafiante.
Llegué a casa cargando una bolsa con membrete de zapatería, y con la sensación de haberme despojado de un montón de deseos truncados. Descubrí mi reciente adquisición, ante los ojos perplejos de mi hija, que exclamó, con gestos de reprobación en su rostro.
-¡Mamá, zapatos rojos!-
Me calcé los zapatos, caminé emulando el paso de las modelos en la pasarela y le respondí: -Hija, Doña Hortensia, se murió-, dejándola aún más perpleja.
Sin esperar que entienda y sin dar explicación, di rienda suelta a la alegría que emanaba de mi alma, con el mismo ímpetu que los brotes en los árboles y comencé a cantar con placer... “De chiquilín, te miraba de afuera, cómo esas cosas que nunca se alcanzan”…
                                                     Betty Mena-

El gato,Primavera,Luisa, Narciso y Boedo antiguo...

Madrugar no es lo mío, dormir siesta, tampoco. Suelo alargar las horas de sueño hasta que el cuerpo me da señales de que ya está satisfecho. Y claro, dada la hora que me levanto, ya no queda margen para siesta, si es que quiero disfrutar la luz del día. En esta etapa de mi vida dónde los compromisos escolares y laborales ya están más que superados, he decretado para mí, hacer lo que realmente siento y tengo ganas. Madrugar, está en la lista de lo que NO quiero hacer y por eso son pocas las actividades que me apartan de mi sueño mañanero.
Pero (siempre hay un pero), hace varios días me viene despertando “el gato”, que no es precisamente mi mascota. Gato, es el apodo del personaje del barrio, que adopto la esquina de casa, cómo paradero durante el día. Lo conocí hace años, cuando era famoso en el pueblo, por su habilidad en el fútbol y por su fama de “don Juan”. La fama de mujeriego, no fue algo que ganó con mucho esfuerzo, la herencia genética fue muy generosa con él, no así con sus hermanos. Por esa época, un joven atractivo, con lindas facciones y con un buen físico. Sumando a ello, un futuro prometedor en lo deportivo, eran cualidades que atraían a las jovencitas y a más de una dama cuya edad o estado civil, no eran impedimentos para disfrutar de los atributos del galán del pueblo. No pasó mucho tiempo que un equipo de fútbol de otra provincia, con aspiraciones de ascenso en la liga, hizo que “el gato” comenzara a transitar su sueño, jugar en las primeras divisiones. En principio, fue un contrato para una división más baja, pero era el pasaporte para llegar a la meta. En los descansos entre partidos y entrenamiento, conoció al amor, formo pareja y de ella nacieron hijos. Un privilegiado se podría decir, logro lo que pocos, ganarse la vida haciendo lo que le gustaba. En un receso vacacional, vino de visita al pueblo, se lo veía feliz, luciendo su triunfo deportivo, económico y sentimental. Hasta que en uno de esos días sin pena, ni gloria, a que nos tiene acostumbrados el ritmo del pueblo, llegó y circuló boca a boca, la nefasta noticia. El gato, había tenido un accidente, una mala jugada lo había dejado fuera del partido y con una pierna con quebradura expuesta. La intervención quirúrgica y la rehabilitación, que duró meses, no fueron buenas. Y así fue, cómo volvió al pueblo con su mujer, sus hijos, y el diagnóstico más cruel para un deportista, la renguera, sería de por vida. Cómo ayuda al hijo pródigo, le dieron una casa a estrenar en un barrio pronto a inaugurar y trabajo en el municipio. Pero nada fue suficiente para calmar su desazón. Encontró en el alcohol, el mejor aliado para olvidar su desgracia, pero también olvidó a su mujer y a sus hijos. No faltó quien le diera una mano, para sacarlo de su adicción. Estuvo internado en rehabilitación y lejos del pueblo muchos años. Cada tanto venía, dos o tres días, se lo veía bien, aseado y coherente, saludando a quienes se cruzaba, conociera o no. Cuando decidió quedarse definitivamente, comenzó su total perdición. Fueron muy pocos los días que se lo vio sobrio. Tomó por costumbre pararse en la puerta del supermercado que está en la esquina, en diagonal a casa. Muchos de sus ex compañeros de colegio, deporte y amigos, suelen concurrir a dicho supermercado y de esa manera se le hacía fácil conseguir, pedido mediante, el dinero para saciar su vicio. Apenas juntaba lo necesario, entraba al súper, compraba la caja de vino y se sentaba unos metros más allá a ponerle fin al contenido. Con el tiempo, el abuso en el consumo, fue haciendo estragos en todo él. El abandono físico llego a su punto máximo, la salud mental sufrió un deterioro considerable, los buenos modales para pedir la limosna, desaparecían con los primeros tragos y la ansiedad por conseguir más alcohol daba paso a los exabruptos. Las quejas de los clientes, se fueron sumando y por tal motivo, el personal de seguridad del supermercado, no solo lo desalojó de la vereda, sino que marcó un límite para su permanencia en el lugar. Desde entonces, la vereda de la frutería, que linda con mi casa, se convirtió en su nuevo parador. Pero, para lograr las monedas que antes obtenía estirando la mano, ahora debe gritar, para hacer notar su presencia. El, al grito de: -¡Holaaaa Papuuuuuuuuuuu!- Logra su cometido. Y yo, me despierto, sobresaltada y acordándome de toda su estirpe, su adicción, su pierna rota, su carrera frustrada, del médico que lo operó y etc., etc.
De los años de niñez y adolescencia, vividos en mi ciudad natal, tengo varios recuerdos, de personajes similares a “el gato”, no por su historia de vida en sí, sino por ser individuos con una característica que sobresale del resto de los habitantes del lugar.
Por las calles del centro solían transitar y eran populares, “Don Primavera”, quien se había ganado el mote porque invierno y verano vestía igual, con una impecable camisa color celeste de mangas cortas. Ofrecía sus billetes de lotería día, tras día, con su sonrisa amable y su trato cordial. El frío intenso del invierno patagónico, que a todos obligaba abrigarse, no hacía mella en él. Un personaje querido y recordado por todos los que lo conocieron. Aún vive en la misma ciudad.
Luisa, “la loca de la lotería”, cómo le decían, una judía polaca, que también vendía billetes de lotería y se paseaba con su pelo ensortijado, largo y desprolijo, teñido de amarillo paja, vistiendo cuanta más ropa podía, por temor a que se la roben y propinando algún insulto a los que se cruzaban por su camino, cuando no tenía un buen día. Había y hay, quienes la recuerdan en sus días de gloria, luciendo sus ojos verdes, su rostro bello y su cuerpo esbelto y atractivo. Fue figura codiciada en el viejo cabaret, en plena época del auge petrolero, dónde los derroches no solo eran de dinero, también de bajos instintos. Luisa, una noche macabra, encontró sin querer, la maldad de los hombres, abuso físico y sobredosis. Su mente no resistió, y ahí iba Luisa, por las calles, contra el viento, ofreciendo sus billetes, unos días enojada con el mundo y otros días no. Falleció víctima del cáncer, en el hospital Regional.
Y Narciso, ¡Que personaje!, Narciso, vivió con sus padres y hermanos en el casco de una estancia, cercana a la ciudad, hasta que su madre enfermó y falleció. El padre, sumido en la tristeza, no pudo hacerse cargo de la crianza de sus hijos. Narciso, fue adoptado por el sastre y su Sra., a los tres años de edad. Creció jugando con los chicos del barrio, en las calles del centro, dónde su padre adoptivo tenía el negocio y la vivienda. Narciso, un día cualquiera, se despojó del traje excesivamente pulcro y prolijo, decidió hablar lo justo y necesario y vivir sus días en soledad. Se identificaba con dos oficios, sin ejercerlos, de lustrabotas, cajón de madera bajo el brazo o petrolero, con botines de seguridad y casco metálico plateado sobre su cabeza. Solía sentarse sobre su banco, delante de las vidrieras de los negocios que exhibían televisores, y tranquilo, miraba sin escuchar, la programación que ofrecían. A Narciso, el que se recostaba panza al aire, a tomar sol, en el banco de la plazoleta, lo sorprendió la muerte, una noche de feroz tormenta, la precaria casilla que él mismo construyera, de chapa y madera, se derrumbó sobre cuerpo mientras dormía.
No de todos los personajes de barrio, que he conocido, se su historia. Algunos, no tienen en mí recuerdo, historia previa, ni final.
En Boedo, un barrio porteño, conocí a la mujer que barría la vereda, no se su historia, no se su nombre, si escuche decir: -Ahí está la loca, barriendo la vereda-. Era una mujer mayor, vivía en una casa muy antigua, con una puerta altísima de doble hoja, de madera, color marrón claro desgastado. Por esa puerta salía a diario a realizar su trabajo, con la escoba y un bidón de plástico con agua. Su apariencia era desalineada, pelo largo negro, invadido por las canas, ropa muy añeja, de tonos opacos, medias y pantuflas. Los rasgos austeros y rígidos de su rostro, me hacían adjudicarle mal carácter y creer que era una persona poco amigable. Otro día, pude verla luciendo unos anticuados ruleros y un viejo delantal, al estilo de Doña Florinda. Barría y barría, con tanto afán que muchas veces, sobrepasaba los límites de su vereda y llegaba muchos metros más allá, hasta la esquina. Cada tanto, tomaba el bidón y volcaba un chorro de agua sobre las baldosas o levantaba hojas, papeles o pequeñas ramitas y los depositaba en un contenedor municipal. Ella, hacía su tarea, sin percatarse de los demás, nada de lo que ocurriera en el entorno, la distraía. Cierto día, la vi salir de su casa, vestida de manera irreconocible. Llevaba un traje de falda y chaqueta de paño color rojo intenso, zapatos de taco bajo y cartera de cuero, color negro reluciente. Su cabello estaba peinado, tirante y prolijo rematando en un rodete en la nuca y los labios pintados del mismo tono que su vestimenta. ¡Vaya si me sorprendió! Caminó rápido y se perdió a la vuelta de la esquina, dejándome a mí, con la boca abierta y pensando en los posibles destinos, donde iría a lucir su impecable atuendo.
También en Boedo, barrio de tango, murga y carnaval, de veredas con añejos árboles y apetecibles sombras, dónde se posan los zorzales, a silbar de madrugada, convocando al amor. Lo vi pasar… Los días soleados, apenas pasadas las horas de la siesta, cuando los zorzales dormían, se oía la música que él hacía. No supe su nombre, tampoco su historia, pero mis oídos se deleitaban con la dulce melodía que creaba con su armónica, su presencia transitoria me llenaba de ternura. Un hombre canoso, un anciano, que a paso lento, recorría las viejas veredas del barrio. Llevaba en una mano, la armónica apretada, junto a sus labios y con la otra, sostenía fuerte la correa de su acompañante, su mascota, un pequeño perro raza callejera.
No viví más tardes soleadas en Boedo, ni volví a escuchar sus melodías, no sé, si su música aún suena por las calles, si su mascota le hace compañía. Cada vez que recuerdo, este personaje sin historia previa y sin final, me nace una sonrisa.
Y vos, que estás leyendo, lo que narro. ¿A quién recordas?

Día del padre

Celebramos el día del padre para honrar la paternidad. Cada familia celebrara este día de acuerdo a sus posibilidades y cada padre vivirá esta celebración de acuerdo a la influencia en la vida de sus hijos. Para muchos, la distancia será obstáculo para el abrazo, pero es ahí donde la tecnología acercará a padres e hijos con los saludos, ¡Viva por los MSN, el WhatsApp, Skype y el no menos célebre teléfono fijo! Yo, como tantos otros, mandaré un beso al cielo junto a mi eterno agradecimiento, mi viejo me dejó la herencia más fastuosa, poder recordarlo con orgullo. Amo ser la hija de…
Para mis hijas, esta será una celebración muy especial. Compartir este día con el padre significa la necesidad de retribuir desde el amor y de alguna forma, también simboliza el principio de un adiós. Significa expresar agradecimiento a quien les dio la vida y las ayudo a crecer, las dejó elegir, les permitió equivocarse, las abrazó cuando necesitaron consuelo y cuando consiguieron logros, y aunque muchas veces no estuviera de acuerdo supo guiarlas, sin gritos, sin insultos, con respeto. Fue generoso, con su amor y con su tiempo. Llega un momento en nuestras vidas, dónde las edades se acumulan y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en padre y el padre se convierte en hijo. Esta etapa transitan hoy, unidas y apoyándose mutuamente. Muchas horas de consultas médicas, muchos días de hospital y de esperas en la antesala de terapia intensiva, muchos kilómetros de idas y vueltas, porque a la desgracia de una enfermedad, se le suma la carencia de asistencia médica acorde a la patología, en el nosocomio de localidad. A pesar de que ya son muchos los días, nunca las he oído quejarse. Pero si las veo hacer y es ahí donde mi orgullo de madre rebasa todos los límites. El geriátrico o una persona al servicio, nunca fue la primera opción, a pesar de que el padre cuenta con una muy buena jubilación y está en condiciones de costear ambas cosas. Creo que el mejor regalo cómo padre que le han podido dar es la presencia de ellas en este momento y no por obligación o por compromiso, por AMOR. Es notable ese amor, se pone de manifiesto en cada mínima atención. Cuando lo cambian, lo bañan, le acarician las manos y los pies mientras le ponen crema, cuando le hablan y le cuentan cosas cotidianas mientras le dan los alimentos, cuando le dan los medicamentos en tiempo y forma, cuando se sientan a su lado y le leen las noticias sobre sus deportes preferidos, sin prisas, con dulzura y paciencia.
Cómo madre, estoy acompañándolas en lo que más puedo. Y no dejo de asombrarme, por la manera de proceder de ambas. Todo esto me ha llevado a comprobar de manera fehaciente que de nada valen los títulos que se pueden conseguir en la vida, ni todos los bienes materiales, ni una abultada cuenta bancaria, ni todo el poder adquisitivo, nada cuenta, nada supera el amor que fuiste capaz de dar. El AMOR, no tiene precio. Se consigue mediante trueque, “dar para recibir”. El ejemplo, también juega un papel preponderante en nuestras vidas. Seguramente ellas recibirán lo mismo de sus hijos, porque los chicos miran y copian. Y están todos ellos viendo a diario a sus madres en los cuidados para con el abuelo. Benditas sean!
¡Feliz el hijo que tiene un padre a quien amar, admirar y honrar!
¡Feliz el padre que supo dar y hoy puede recibir respeto y amor incondicional!

martes, 14 de junio de 2016

Las notitas de la abuela Olvido

Mi abuela Olvido, rara vez salía más allá del patio de su casa. Sus salidas eran a casa sus cuñados, que quedaban apenas a 3 o 4 cuadras y en ocasión de algún acontecimiento familiar o a misa para algún aniversario o cementerio los domingos. Hasta que el tío Ricardo, el marido de su hija menor, compró un televisor que también, disfrutamos todos los de la familia, por mucho tiempo. Cada día después de cenar, se iba a la casa de su hija, que quedaba al lado de la suya, a ver un nuevo capítulo de la novela, que por esos tiempos estaba en pleno auge, “La caldera del diablo”. Aunque los chicos del barrio, ya disfrutábamos desde un tiempo antes de esa caja cuadrada y mágica, gracias al almacenero de la cuadra, el “gringo” Marckotic, cómo lo llamaban entre vecinos, era oriundo de Croacia, trabajaba de albañil y había venido a vivir al barrio con su familia, su esposa y sus cinco hijos. Evidentemente Don Marckotic, que venía dejando atrás la tierra que lo vio nacer, por causa de la miseria que azotaba a gran parte de Europa, supo aprovechar el trabajo y todo lo que le ofrecía este país y en un tiempo prudencial levanto su casa y hasta un local dónde instalaron un almacén que era atendido por su señora y sus hijas. En ese mismo almacén, situó en lo alto de una vitrina de vidrio, dónde se exhibía la mercadería más cara, el primer televisor que vieron los vecinos del barrio, entre ellos mis primos, hermanos y yo. La transmisión comenzaba a las 18 has., con la señal de ajuste. Salíamos de la escuela dónde hicimos la primaria, a las 17 horas y caminábamos rapidito las cinco cuadras que separaban la escuela de la casa. Apurados, también tomábamos la merienda, para ir al almacén, dónde el dueño, con mucha generosidad, ponía los esqueletos de vino vacíos dados vuelta y en fila para que todos tengamos dónde sentarnos. No importaba si eran incómodos y nos dejaban la cola dolorida, porque bien valía la pena. Cada día el justiciero Cisco Kid y su caballo blanco nos maravillaba con su astucia para combatir a los malvados, cuando el capítulo diario llegaba a su fin, el gringo apagaba el tv para que se entendiera que era la hora de ir cada uno a su casa. Solíamos irnos siempre con ganas de más, lamentando no poder ver la serie que continuaba, ya que la transmisión duraba hasta las 24 horas. En las propagandas, veíamos los adelantos de Lassie, El Fugitivo, Bonanza y otras tantas series más, pero había que conformarse. Cuando los tíos Ricardo y Coca compraron el “Zenith”, mis primos, hermanos y yo, pudimos disfrutar de las demás series, eso sí, solo en los días fríos del año, porque en verano, eran mucho más atractivos los juegos compartidos al aire libre con los amigos del barrio. Solíamos juntarnos en el descampado que había en el centro de la manzana, dónde daban los fondos de la mayoría de las casas. Y ahí, sin más recursos que el ingenio, disfrutábamos a gusto de los juegos clásicos, mancha, escondida, saltar la soga, ladrón y policía o algún que otro inventado. Cuando fuimos más grandes y terminamos la primaria, ya la mayoría contaba con un televisor en su casa, salvo mi abuela que no podía costear semejante lujo, no contaba con pensión, ni jubilación alguna. Y ella sola debía hacerse cargo de los gastos de la casa, impuestos (luz, gas, agua), cuota del Banco hipotecario, que les había ayudado a construir la casa y además la comida y vestimenta de ella y mía. Y todo lo cubría con su trabajo de lavado y planchado, con el alquiler de una habitación y dos o tres pensionistas que tenía y a los que proveía de almuerzo y cena. Comidas servidas en riguroso horario 12hs y 20 horas. Después de dejar en orden la cocina, la abuela se iba cada noche, de lunes a viernes, a la casa su hija a mirar la novela. Cerraba su casa con llave y dejaba siempre una luz encendida, sus hijos y todos sus nietos, sabíamos de esta costumbre y también el lugar dónde la abuela dejaba la llave, por si alguno tenía la necesidad de entrar a la casa, durante su ausencia. Yo, volvía del colegio Domingo Sabio, dónde cursaba estudios, pasadas las 22 has., y más de una vez al entrar a la casa, encontré un papel sobre la mesa con notas manuscritas por la abuela, dirigidas a mí, o a alguno de mis primos. “En el horno hay comida, beso”, “Si vienen a buscar la ropa esta lista en la pieza, beso”, “Si volves a salir, cerra con llave, beso”, “No dejes el gas prendido, si te vas a dormir, beso”… Recuerdo sus notitas y me lleno de ternura. Ella, solo se iba por apenas una hora y a pocos metros de distancia, pero no dejaba de preocuparse por nosotros. Esas notitas eran un mimo más, entre los tantos a los que nos tenía acostumbrados. Yo también, alguna vez recurrí a las notitas, quizás de manera inconsciente, imitaba a mi abuela. Solía escribir mensajes y los escondía en los lugares más diversos, pero dónde yo sabía que el destinatario los encontraría tarde o temprano y sabría así de mi amor y mi agradecimiento por alguna actitud para conmigo o que me iba extrañando a la persona y el lugar. Clik. Me ilusionaba pensando en la sorpresa o la alegría que iban a generar estos mensajitos. Era una manera de estar presente, con un mimo, más allá de la distancia. Casi sin darme cuenta, esta herencia de la abuela, la traslade a mis hijas, les enseñé que para escribir, desear y decir cosas lindas, no hacía falta una tarjeta costosa, que escritas en un papel común, pero con mucho amor, cumplían el mismo objetivo. Aún hoy conservo notitas de ellas escritas para mí o para su padre. Me di cuenta de ello, hace unos días, cuando buscaba un papel que necesitaba y dentro de la caja había un folio con todos estos tesoros. Con el tiempo, dejamos de ir a lo del gringo a ver tv. Dejamos el barrio. Con el tiempo, ya no hubo más necesidad de escribir notitas para dejar sobre la mesa. Con el tiempo, dejamos de escribir y mandar cartas. Pero el tiempo, no cambia la esencia. Y cómo dice el dicho, “Lo que se hereda no se roba”. Y cómo decía mi abuela: “Cosecharás tu siembra” Prueba de ello, es el mensajito que me despertó días pasados. Mi nieta Almita, escribía y me decía mediante un mensaje de texto ( whatsapp) “ Yo te quiero”.

miércoles, 4 de enero de 2012

Hasta siempre Ventuchis!!!




Internet me dió la oportunidad de conocer mucha gente, con las que he compartido por años correos, charlas y hasta reuniones para conocernos. Entre ellos estaba Andrés, "Ventuchis" , un Asturiano de 77 años, tan lindo de Alma, cómo su tierra. Y por ser de allá, de la tierra de mi abuela Olvido, senti por él un cariño especial, supo escucharme, enseñarme y acompañarme en muchos momentos buenos y malos, con su gran sabiduría y con su respeto de hombre de bien.La vida me dió la oportunidad de conocerlo personalmente, no hace mucho en Madrid y desde entonces, llevo colcago a mi cuello el triskel que me regalo. Dejo de existir fisicamente, pero vivirá en mi corazón por siempre. Que descanses en paz mi querido Vento. ¡Te quiero y te admiro mucho!

martes, 3 de enero de 2012

AÑO NUEVO... VIDA NUEVA...


AÑO NUEVO, VIDA NUEVA…
Voy a comenzar el año confesando algo que me esta sucediendo y que no puedo reprimir más.
Sé que esta confesión no va a caer muy bien en algunas personas de mi entorno, especialmente hijas y nietos, que son quienes más me preocupan, pero deberán entender y aceptar.
Les pido mil disculpas si esto les provoca dolor, aclaro que no es mi intención hacer sufrir a nadie y les aseguro que hice lo imposible para No llegar a esta instancia, pero uno propone, Dios dispone y las redes sociales hacen el resto, fue así que conocí al tano.
Enfrente una lucha interna, ardua y en soledad hasta llegar a esta situación.
Me resistí, mientras pude y hasta me negué a mi misma, lo que me estaba pasando.
Pero al final, pudo más el constante empeño que puso él, para llegar a persuadirme de que no se puede luchar contra la corriente. Que hay que dejar que fluya lo que uno siente y vivirlo lo mejor posible. Eso si, con dignidad.
Admito que logró su cometido, que me cautivo, casi sin darme cuenta. Cómo buen seductor, se tomó su tiempo, no me acechó de manera impetuosa, fue despacio, pero constante y firme.
Y me conquistó de tal manera, que me modifica todos los sentidos. Me seduce a tal punto, que por momentos me olvido de todo.
Su presencia, esta a mi lado, dónde quiera que yo este, haciéndome sentir cómo una adolescente transitando por transformaciones endocrinas y morfológicas y variabilidad de estados de ánimos.
Tan pronto me fastidio, o enfado, o padezco miedos, cómo agrado, euforia o coraje enfrentando prejuicios. ¡Un sin fin de sensaciones!. Me nubla la vista, me ciega, me deja sin aliento, me marea, me agita, me perturba, me acalora, me desvela.
Me resulta ya muy difícil de ocultar todo esto, así que en un acto de valentía reconozco públicamente que estoy, cómo se suele decir,
“hasta los huesos” con el tano. ¡FRANCO DETERIORO!, ¡es el dueño del resto de mi vida! .

sábado, 28 de mayo de 2011

El sol del 25 viene asomando....







Este 25 de Mayo, pasó por mi vida, sin pena ni gloria. Me preocupa.
Durante mi infancia y hasta los primeros años de mi adolescencia, los preparativos del 25 de Mayo, tanto en casa, cómo en la escuela, le daban a la fecha la importancia que se merece.
No hablo de mi primer año escolar, porque en él, todavía no tenía noción de cómo se iban a suceder los acontecimientos, pero a partir de ese primer acto y durante todos los años venideros hasta terminar la escuela, esperé la fecha con mucha expectativa y nervios por saber si me iban a convocar o no, ya sea para recitar, cantar o bailar. Me gustaba participar y gracias a mis dones de “artista” o a mi poca vergüenza, siempre conseguí subir al escenario de la escuela. Mi participación en el coro fue constante, así que mi presencia en todo acto estaba asegurada. Pero yo, además aspiraba a un protagónico ¡siempre! Y no solo, porque gracias a los ensayos, que se hacían cómo mínimo dos semanas antes, me salvaba de la última hora de clase, también porque me atraían los aplausos. En los últimos años de escuela, ponía mucho esmero en hacer la composición literaria, alusiva a la fecha, porque era costumbre que se eligiera la mejor y que cómo premio su autor la leyera en el acto. La competencia era ardua, entonces era necesario estar informado y saber sobre el tema. Aunque por esos tiempos, la gran mayoría del alumnado, por voluntad propia o presionado por el entorno, se sabía las lecciones a rajatabla. Era una vergüenza, ser el “burro” de la clase y daba prestigio saber. En la escuela se aprendía y en la casa se reforzaba el aprendizaje con ayuda del aporte verbal de los padres y el manual. ¡Sobrevivíamos sin internet!
“El saber, no ocupaba lugar” Recuerdo que los actos se realizaban el día exacto, ni antes, ni después. Siempre de mañana y con toda la comunidad educativa presente, turno mañana y tarde. La puntualidad era prioridad y la pulcritud de la vestimenta no le restaba méritos. La escarapela, no podía faltar, prendida a la altura del pecho y sobre un guardapolvo tan impecable y tan blanco, cómo las cintas o vinchas en el cabello bien peinado, los guantes y las medias. Y ni hablar del calzado, que de tan bien lustrado, parecía nuevo. No era para menos, era el día de ¡LA PATRIA! La entrada de la bandera de ceremonias, se aplaudía con devoción, el izamiento de la bandera del mástil interno se presenciaba en silencio y el himno, se escuchaba y se cantaba con respeto. Y después, nos gustara o no, lo que hacían los compañeros, para conmemorar la fecha arriba del escenario, se le prestaba atención, algunas veces, con el refuerzo de la maestra, que censuraba con su mirada, siempre atenta, cualquier desconcentración. Finalizado el acto, siempre en fila y siguiendo un orden, nos dirigíamos cantando a la puerta de salida, dónde las porteras y maestras repartían una golosina o una factura. De ahí, partían luego, abanderados y escoltas, junto a los directivos y maestros hasta dónde se realizaba el desfile, generalmente en la calle céntrica de la ciudad. Yo, no tuve jamás ese honor. Mis méritos, solo alcanzaron para lucir los trajes que confeccionaba mi abuela, que más que modista era maga, para seguir el patrón del personaje que me tocaba representar y lograrlo con tela reciclada, de ropa en desuso. Pero si, tuve la suerte de ser miembro de una familia numerosa, además de predispuesta, así que al llegar a casa, después de la escuela, siempre había un pariente que iba a presenciar el desfile y allá iba yo, sin que el frío, que por esa época se hace sentir acá en el sur, merme las manifestaciones de júbilo, agitando la banderita o aplaudiendo el paso firme de los militares y civiles que avanzaban por la calle, al compás de los acordes de marchas, que fluían de los altoparlantes adosados a los postes de luz. Todo esto, siempre y cuando no tenía la suerte de estar cerca del palco oficial, desde dónde presenciaban todo las máximas autoridades de la ciudad, teniendo el privilegio de escuchar y ver a la banda musical frente a ellos. Era exactamente al costado del palco mi lugar preferido, me encantaba ver y oír la banda de cerca. La finalización del desfile, siempre ocurría cerca de las 13 hs., así que llegábamos a casa ávidos de comida. Y ahí estaban mi padre o alguno de mis tíos, haciéndose cargo de que el asado salga a punto. Y mi abuela, procurando que todo tenga el exquisito gusto de la comida casera. Ese todo, eran las ensaladas diversas y las empanadas que acompañaban al asado. Los comensales eran muchos y de gustos variados y ella trataba de complacer a todos sus hijos, nueras, yernos y nietos. Raramente, faltaba alguno, por el contrario, siempre había algún invitado extra. Después del almuerzo, se tomaba el “chupe y pase”, que consistía en un té de yuyos, (boldo, paico, cedrón), entre otros, todos mezclados en un jarro de loza grande, con una bombilla dentro, que se pasaba de mano en mano, después de tomar unos sorbos. Ese, era el momento propicio, para que los artistas de la familia hiciéramos despliegue de nuestros dones, unos tocaban los instrumentos, otros cantaban y otros bailaban, todo al compás de música folclórica, por supuesto. A veces, los primos más grandes teníamos permiso para hacer un paseíto, sin alejarnos mucho del barrio y salíamos a caminar y a lucir nuestro atuendo “dominguero”. ¡Ah, sí, sí!, los días de fiesta y los domingos, se usaba la ropa nueva. Que por lo general, no era nueva, se mantenía nueva, porque se usaba lo justo y lo necesario.
La caída de la tarde, nos encontraba a todos reunidos alrededor de la mesa del comedor, jugando a la lotería, a la perinola o al chinchón, obvio que también había merienda con pastelitos, chocolate y el infaltable mate. No tengo noción de lo que ocurriría en otras casas y con otras familias, pero seguramente era algo parecido, porque los chicos del vecindario, solíamos juntarnos en el centro de la manzana o en las veredas a jugar, pero yo, no tengo recuerdo de haber compartido con alguno de ellos esos días patrios.
Después y con tres hijas mujeres que heredaron los aires de artista de su madre, seguí participando, ya sea confeccionando los trajes que lucirían mis hijas, como espectadora, sumando aplausos o colaborando con las maestras en el armado de carteleras o en la decoración del aula.
Pero los años pasan y con ellos cambian las costumbres y las formas, es natural, todo evoluciona. No reniego contra eso, si lo hiciera sería necia. Tampoco quiero pecar por retrógrada. Pero no dejo de asombrarme y de desilusionarme. Porque los días patrios, lejos de integrar, han pasado a ser nada más y nada menos, que la oportunidad para el paseo y si caen en fin de semana, mucho mejor. En el seno familiar, no se celebra. Este año, en mi provincia y en la ciudad donde resido, el 25 de Mayo coincidió con un paro docente, que ya lleva más de un mes. Así que, acto escolar ninguno y conocimientos impartidos a los niños sobre el significado y la importancia de la fecha, menos aún, esto es lo más preocupante. Que la ignorancia nos atrape. Que los derechos de unos, se vean afectados por el justo reclamo de los derechos de los otros. Que el desconcierto abunde y las respuestas escaseen. Que sigan sumándose los días y las aulas vacías…

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía” M. Moreno

Que el 9 de Julio, nos encuentre unidos, en paz y con mucho fervor patrio.

jueves, 26 de mayo de 2011

Mi nieta Almita me invito a una piyamada


Mi nieta Almita y su mami, llegaron a las 15 hs., a casa. El día anterior me había preguntado, en secreto (al oído) si podíamos ir a visitar a mi amiga Mary, la abuela de Renata. Le dije, que en ese momento no, porque había nieve y hacía frio, pero en cuanto se fuera la nieve, la llevaba.
Esperamos que mami se fuera a casa de una amiga a estudiar y caminamos de la mano las dos cuadras que separan la casa de Mary de la mía. Encontramos a Mary oficiando de abuela, mirando dibujitos animados junto a Renata, que estaba medio decaída, porque durante la noche había tenido vómitos, a causa de unas cuantas golosinas que había comido el día anterior. Almita y Renata, jugaron muy a gusto por unas horas, mientras las abuelas tomamos mate y nos pusimos al día con los acontecimientos del pueblo. Dicho en criollo, chusmeamos. Cuando volvíamos a casa, Almita me dice: Abuela, voy a hacer una piyamada y te voy a invitar. – ¿Si? ¡Qué bueno!, le contesté entusiasmada. Y ella, enseguida se puso a organizarla,
- Podemos comer, milanesas con limón y tomatitos cherry, con gaseosa-
-Me parece perfecto, Almita-
-Pero primero, tenemos que bañarnos y ponernos piyamas y pantuflas, agregó muy segura-
-Muy bien, así lo haremos, le conteste-
- Y después, nos acostamos en tu cama y miramos una peli o dibujitos y comemos postre o helado- A esta altura de la charla, fue cuando me enteré que la piyamada, se iba a realizar en mi casa. Así que, antes de entrar a casa, decidí que sería conveniente cruzar al supermercado Y hacer las compras necesarias para el evento, tal cual lo exigía el menú a gusto de la organizadora.
Cuando la madre la vino a buscar, le dijo: - ¿Me puedo quedar a dormir con la abuela?- La madre, me miró y dijo:- ¿Vos que decís má? ¿Se invitó o la invitaste?-Le respondí muy satisfecha , -Mi nieta, me organizo una piyamada, así que, vas a tener que ir a buscar piyama, pantuflas y cepillo de dientes- La madre marchó a buscar lo enumerado y a “Manchita” la mascota de peluche de Alma, que también estaba invitada a la piyamada. Y yo, me puse a hacer las milanesas. Mientras cenábamos, ante una mesa digna para la ocasión, le serví gaseosa y me pidió: -¿Le sacas el gas con una cucharita, por favor, abuela? Hago gustosa lo que me pide, sin dejar de pensar, asombrada, en la facilidad con que se expresa y se desenvuelve con sus 4 añitos.
-¿Te gusta? Le pregunte- Y me dijo: -Siiiii! ¡Gracias abuela!, me puso “trompa”, para que le dé un beso, mientras acercaba la carita hacia mí y a continuación agregó un –Te amo, abuela- , que me conmovió y lleno los ojos de lágrimas, aunque no es la primera vez que lo me lo dice. Es tan dulce, cómo ocurrente, pero lo que más me llama la atención, es su memoria.
-¿No comes más, Almita? Interrogué-. Pinchó un trozo de carne con el tenedor y ofreciéndomelo, me dijo: -¿Me haces avioncito?-
Yo: -¿Avioncito? ¿y eso?...
Ella: – Sí, cómo cuando era chiquita y no quería comer-
Y... le di el gusto, haciendo uso de mi experiencia de piloto, que estaba archivada, tomé el improvisado avioncito y maniobré de tal manera que subió, bajó y giró, hasta aterrizar con su valiosa carga en la boca de Almita, que la saboreó con sonrisa de ojos, cómplice y pícara. Cuando terminamos de juntar, lavar y guardar todo, nos pusimos los piyamas, nos cepillamos los dientes. No, nos bañamos y nos acostamos, en mi cama, a comer helado y mirar dibujitos. Ahhhhh, también, saltamos sobre la cama y nos sacamos fotos, todoooooo muy,pero muy divertido, a juzgar por la experiencia de la organizadora.
P.D. Consejo: Cuando puedas, disfruta una piyamada. Nada tiene que envidiarle al mejor programa de salida.
Además de aportar diversión a un viernes por la noche, te inyecta ánimo y te predispone para empezar un sábado con una sonrisa de oreja a oreja.
Palabra de abuela.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Ojos que no ven...




A vos, amigo ciber, que no te gusta cuando digo, que hay mucha pobreza
En el país. Y que nadie se ocupa.
Te cuento, viajo seguido a Capital, el departamento donde suelo hospedarme, esta en la calle Lima, el balcón, da para el frente y se ve la 9 de Julio en todo su esplendor y con todas sus miserias. Las autopistas, por esa zona se cruzan en varios sentidos. Debajo de ellas, quedan unos reparos propicios para cobijarse de la lluvia o el calor.
Hace 3 años, cuando fui la primera vez, esos espacios, estaban rodeados de alambre, no se podía acceder a ellos.
De pronto en un viaje, observé que ya el alambre estaba cortado y que alguien se
Había afincado debajo del cemento.
En el viaje siguiente, el alambre, brillaba por su ausencia. Pero en su lugar había cajas, cartones, trapos, un carrito que alguna vez recorrió los pasillos de un supermercado y un pedazo de goma espuma apelmazada que alguna vez lució una cobertura y fue impecable colchón.
Yo, en broma, decía: “Se esta poblando el rioba, tengo vecino nuevo”.
En el viaje anteúltimo, el vecino ya había organizado más el predio,
Además de sus pertenencias antes detalladas, se distinguían unas piedras
tiznadas, que delineaban el espacio para el fogón, sobre uno de los pilares de la autopista y dónde el fuego se encendía a la hora del descanso, y el mate, era
compartido con algún que otro acompañante ocasional.
Y frente a este, dónde el espacio entre autopista y suelo se achica, se encontraba
Todo lo que recolectado por ahí, servía para apoyar el cuerpo, protegerse y dormir.
En ese mismo viaje, un sábado a la madrugada, me despertaron los gritos
Que provenían de la calle, tipo 4 de la mañana.
Y… soy mujer… y además chusma, me asomé al balcón y me quedé un buen rato
Contemplando los sucesos.
El predio estaba más concurrido, mi vecino tenía invitados. Hablaban fuerte,
Se reían, mientras pasaban de mano en mano, un recipiente del cual bebían, no puedo decir exactamente que, pero no es muy difícil de imaginar. También se dejaba ver en la oscuridad y cada tanto, la chispita que se encendía en los puchos.
Pasaron unos minutos y veo que sale de entre ellos, una mujer y cruza la avenida hasta el espacio verde que queda justo en medio de la 9 de Julio. Se sienta en el borde de la acera que limita el concreto y el césped. Con una mano apoyada en el mentón moviendo la cabeza para uno y otro lado, mirando cómo indiferente el paso de los vehículos. No pasó mucho tiempo, que veo cruzar a otro de los invitados de mi vecino, con un cartón grande en la mano. Llegó hasta la mujer, ella se paró, se abrazaron y se fueron unos metros más allá, debajo de una palmera. Extendieron el cartón, ella se recostó, él tipo se montó sobre ella y así, sin más vueltas dieron rienda suelta a sus instintos sexuales, tan despreocupados, sin importarles nada que alguien pudiera verlos y sin que el ruido que provocan los autos en marcha, los bocinazos, las luces, los desconcentrara en absoluto.
Retorne al sueño interrumpido y a las horas, cuando me levanté, ya con el sol a pleno, saqué unas fotos, las que adjunto.
La parejita ya no estaba, pero el cartón quedó de prueba. Y a mi vecino se le habían sumado metros más allá, unos compañeros circunstanciales de morada. (Ver foto).
El último viaje, el vecino ya tenía organizado una especie de inquilinato. Los carritos, que ya eran más de tres, contaban con lugar de estacionamiento y los colchones sin funda, también se multiplicaron. El fogón, estaba rodeado con cajones a modo de bancos. Y los individuos interactuando, iban y venían, arrastrando sus carencias. En la otra esquina, debajo de un palo borracho, a pasos de canal trece, un nuevo vecino, se estaba instalando. La última vez que lo vi, después de barrer un poco, tomaba mate a la sombra del árbol, calle por medio de los otros. Me parece que no tenía intención de mezclar “hacienda” con los vecinos cercanos.
Pasando la calle San Juan, hay un puente para cruzar toda la 9 de Julio, esta frente a la puerta de Artear y detrás de la capilla que da a la plaza de Constitución. A mitad de dicho puente, te podes parar, mirar para abajo y ver que bajo el cobijo de el cemento de unos de los carriles que sale a provincia, viven dos familias completitas, madre, padre, hijos (de varias edades) y demás parientes.
A quienes en varias ocasiones y por los críos, les he alcanzado pan, fruta o leche.
¿Dónde estaban antes?, no sé. ¿Dónde están?, cómo preguntas en tu mail, ahí dónde te cuento, a poco de El Honorable Congreso, la casa Rosada y demás entes gubernamentales.
A la vista de todo él que lo quiera ver. Están y día a día se multiplican.
Y que no me vengan que es porque la zona es propicia, porque en puerto madero
También hay gente revolviendo basureros o durmiendo en la calle, Once y Congreso ni hablar, todo barrio que he recorrido, Tiene más de lo mismo.
Alguien me dijo, que estas personas son aquellas que venían desde la provincia
En el tren de los cartoneros. Iban y venían a diario.
Pero que ahora, a falta de, tienen que acomodarse cómo mejor puedan. Viven de lo
Que recogen en la basura y pueda ser vendido. Principalmente cartón. Y es mas factible encontrarlo en Capital, seguramente que si tiene casa queda lejos y el ir y venir en medios de transporte no es redituable y de otra manera imposible.
No todos cuentan con tracción a sangre y carro.
Pero si todos ellos, acarrean el desinterés de los que los vemos y la negación
A creer que existen, porque estamos lejos.
Y ojos que no ven…

miércoles, 4 de agosto de 2010

¿Casualidad o causalidad?


Justo ayer, sin saber el desenlace, pensaba esto:
Van a hacer casi cuatro años que estoy en la página, durante este tiempo.
Muchas veces coincidí con Maisa, en el Chat.
Solía decirme: “¿Olvido, yo estoy en La Plata, vos dónde estas?”.
Sabiendo, que mi hija, estudiaba en esa ciudad y viendo la posibilidad de encontrarnos.
Así pasaron los meses y no coincidíamos más que en la sala,
no nos comunicábamos por MSN, tampoco a través del correo electrónico,
pero así, sin saber mucho de ella,yo ya la quería.
Hasta que no se bien porqué, decidí ir a conocerla.
Viajé a Santa Rosa, La Pampa,que es dónde reside, distante casi 1800 Km. de mi ciudad.
Y ahí me esperaban, al pié de la escalera del micro, ella y Abel,
con una sonrisa y un abrazo fraterno.
Y todo fue fluyendo, como si nos conociéramos de toda la vida.
Y si ya de leerla en el Chat, la quería, tratándola, el cariño se incremento.
Somos muy parecidas, coincidimos mucho en la manera de pensar, no de actuar,
Reconozco que Maisa es mejor persona que yo. Buenaza, transparente.
Me agrado conocerla, visitar su casa, me sentí bien. Me adapté fácilmente a ellos.
Hasta el punto de sentir la necesidad de volver a visitarlos.
Y pedirles, en broma, que me adoptaran.
Parodia que se encargó Abel de realizar, mediante certificado redactado
e impreso por él mismo, donde consta que ahora soy parte de la flia,
y rubricado por las firmas de los presentes, Abel, Maisa, Ethel (consuegra)
y Blakie, la mascota de la casa.
Entre desayunos, mates y charlas de sobremesa, fuimos contando anécdotas de nuestras vidas y cómo no podía ser de otra manera, relaté lo sucedido con mi hija Nuria,
que falleció de un aneurisma a los 25 años de edad.
Así, de pronto, sin darse cuenta y sin darme tiempo para llegar a darle el abrazo y beso de despedida en vida.
Mi consuelo, es que, según las explicaciones del médico que la trató, no sufrió, porque entró en coma irreversible, por tal motivo, no entró a quirófano y
falleció después de 8 hs., de un paro cardíaco, casi sin darse cuenta.
Hablamos mucho sobre esto, Maisa, me decía: “Olvi, si te hace mal, cambiemos de tema”. Pero no, lo hablamos con profundidad.
¿Casualidad?
¿Quien iba a pensar, que días después, ella iba a pasar por lo mismo?
Nada tuvo que explicarme, cuando fui a verla a Capital. Ella y yo, sabíamos.
Yo entendía, sin que mediaran las palabras, lo que sentía ella y cada uno de la flía.
La impotencia, la desesperación por hacer lo imposible, por agotar todas las posibilidades, por más absurdas que parezcan.
Entendía la euforia demostrada por cada gesto de amarrarse a la vida que daba Celia, entendía la desazón de cuando no había respuestas.
Nada pregunté, no fue mucho lo que aporté, sólo me limité a hacerle compañía
y porque ella me lo pidió. Porque también actué con la prudencia de no invadir.
Después de idas y venidas a la clínica, y de pasar por la espera interminable, de la última intervención quirúrgica, Celia, abrió los ojos, respondió a consignas, dando signos de mejoría. Yo volví a casa, dejando a una Maisa con muchas esperanzas
y hasta puedo decir feliz.
Pero después de 24 horas de viaje,al llegar a casa y comunicarme telefónicamente,
para avisar que había llegado bien,me cuenta con toda su entereza que Celia se había descompensado nuevamente.
Hoy me despertó ella, mi Maisa querida, bien temprano, con un llamado al celular.
En cuanto abrí los ojos y vi la oscuridad que había en la habitación, intuí a que se debía ese llamado.
Escuché su voz pausada y resignada, diciéndome: “Olvi, Celita ya esta con Dios”,
le dije dos o tres frases que ni recuerdo, para poder de alguna manera hacerle sentir
mi amor y que compartía su dolor.
Inmediatamente después de cortar la comunicación, me fui a buscar el libro,LOS CINCO MINUTOS DE DIOS, de Alfonso Milagro, que tiene meditaciones para cada
Día del año. Textos breves y precisos.
Me regalo mi hija, Nuria, y al él recurro, cada vez que me siento superada
por alguna situación.
En su primera hoja, escribió una dedicatoria, que transcribo a continuación.
MAMY:
Cada vez que leo este libro, encuentro una respuesta y me da mucha paz.
Desde que nací y hasta hoy, vos me das mucha tranquilidad, amor apoyo
y comprensión.
Te amo y extraño mucho. Espero que este libro, sea una gran compañía diaria.

Nuria. 11/11/99.

En la época que me lo regaló, estaba ya de vuelta en el sur, en casa, después de haber pasado otro año más en La Plata, dónde estudiaba la carrera de Educación Física.
Cuando volvió en Febrero, a retomar sus estudios, hizo lo que siempre hacía,
Llevarse lo que le gustaba, (en calidad de préstamo, según decía). Así fue cómo el libro fue parte de su equipaje.
El día que falleció, después de volver del crematorio, y juntando sus cosas para traerlas a casa, lo encontré entre otros libros.
Lo abrí en el día de su partida y encontré respuesta.
En una de sus carpetas de la facultad, que estaba abierta sobre la mesa de estudio,
había de su puño y letra, copiado, un párrafo del mismo, que habla sobre el dolor y cómo darle sentido. Ofreciéndolo a Dios cómo sacrificio con amor y por amor.
Abrevio una parte de él.
“Por más que no lo quieras, en tu vida no podrás nunca prescindir del dolor; el dolor es una realidad que no depende de nosotros, se nos hace presente, queramos o no queramos…
Si al sufrir te enojas y protestas, con ello nada bueno consigues, solamente aumentas el sufrimiento y haces daño a tu cuerpo
en su parte nerviosa y a tu espíritu en tus relaciones con Dios. Si al sufrir aceptas el sufrimiento, le das un verdadero sentido, lo conviertes en algo positivo edificante, salvador y redentor de ti y de los demás; con ello te estas dignificando”
¿Casualidad? …Cosas inexplicables, cómo estas, fueron varias las que experimente
por esos días.
Hoy sentí necesidad de compartir algunas.
Anoche, algo se presentía, sin ponernos de acuerdo, nos juntamos varias rojas en el Chat, cómo hacía tiempo no sucedía y compartimos vivencias y la pena, por los amargos momentos que atraviesa nuestra Maisa.
Sin saberlo, por esas horas, Celia se iba. Sin saberlo de alguna manera, estábamos
Con el pensamiento y el corazón junto a ella.
¿Más casualidad?

“Que cuando llegue el dolor, que yo se que llegará;
No se me enturbie el amor, ni se me nuble la paz”.

Esta frase la encontré leyendo, ya ni recuerdo que, ni dónde, me gustó y la copié
En un libro diario, que me regaló mi amiga, cuando cumplí 15 años. Pero quedó grabada en mi mente y dos por tres la recordaba y la repetía, sin motivo alguno.
Ya se imaginarán Uds., cuando, le encontré el verdadero sentido.

Otra casualidad, ¿No?

Les dejo un abrazo, queridos míos. Que nos es casualidad, lo hago conciente de que
Los quiero, los necesito y que por algo llegaron a ser parte de mi vida.


Esto lo escribí hace ya tiempo. Y lo compartí con mis amigos por correo electrónico.
Pero hace pocos días atrás, otra casualidad o causalidad, se hizo presente en mi vida.
Querido amigo nuevo, que no por nuevo, es menos querido. Algo de lo que acá relato lo conté en esa charla que tuvimos y que los dos necesitábamos.
Agradezco que me escucharas, pero más agradezco
que me contaras.
Vos sabés... Sé que vas a leer esto. Un abrazo "Oso" y de oso..