martes, 14 de junio de 2016

Las notitas de la abuela Olvido

Mi abuela Olvido, rara vez salía más allá del patio de su casa. Sus salidas eran a casa sus cuñados, que quedaban apenas a 3 o 4 cuadras y en ocasión de algún acontecimiento familiar o a misa para algún aniversario o cementerio los domingos. Hasta que el tío Ricardo, el marido de su hija menor, compró un televisor que también, disfrutamos todos los de la familia, por mucho tiempo. Cada día después de cenar, se iba a la casa de su hija, que quedaba al lado de la suya, a ver un nuevo capítulo de la novela, que por esos tiempos estaba en pleno auge, “La caldera del diablo”. Aunque los chicos del barrio, ya disfrutábamos desde un tiempo antes de esa caja cuadrada y mágica, gracias al almacenero de la cuadra, el “gringo” Marckotic, cómo lo llamaban entre vecinos, era oriundo de Croacia, trabajaba de albañil y había venido a vivir al barrio con su familia, su esposa y sus cinco hijos. Evidentemente Don Marckotic, que venía dejando atrás la tierra que lo vio nacer, por causa de la miseria que azotaba a gran parte de Europa, supo aprovechar el trabajo y todo lo que le ofrecía este país y en un tiempo prudencial levanto su casa y hasta un local dónde instalaron un almacén que era atendido por su señora y sus hijas. En ese mismo almacén, situó en lo alto de una vitrina de vidrio, dónde se exhibía la mercadería más cara, el primer televisor que vieron los vecinos del barrio, entre ellos mis primos, hermanos y yo. La transmisión comenzaba a las 18 has., con la señal de ajuste. Salíamos de la escuela dónde hicimos la primaria, a las 17 horas y caminábamos rapidito las cinco cuadras que separaban la escuela de la casa. Apurados, también tomábamos la merienda, para ir al almacén, dónde el dueño, con mucha generosidad, ponía los esqueletos de vino vacíos dados vuelta y en fila para que todos tengamos dónde sentarnos. No importaba si eran incómodos y nos dejaban la cola dolorida, porque bien valía la pena. Cada día el justiciero Cisco Kid y su caballo blanco nos maravillaba con su astucia para combatir a los malvados, cuando el capítulo diario llegaba a su fin, el gringo apagaba el tv para que se entendiera que era la hora de ir cada uno a su casa. Solíamos irnos siempre con ganas de más, lamentando no poder ver la serie que continuaba, ya que la transmisión duraba hasta las 24 horas. En las propagandas, veíamos los adelantos de Lassie, El Fugitivo, Bonanza y otras tantas series más, pero había que conformarse. Cuando los tíos Ricardo y Coca compraron el “Zenith”, mis primos, hermanos y yo, pudimos disfrutar de las demás series, eso sí, solo en los días fríos del año, porque en verano, eran mucho más atractivos los juegos compartidos al aire libre con los amigos del barrio. Solíamos juntarnos en el descampado que había en el centro de la manzana, dónde daban los fondos de la mayoría de las casas. Y ahí, sin más recursos que el ingenio, disfrutábamos a gusto de los juegos clásicos, mancha, escondida, saltar la soga, ladrón y policía o algún que otro inventado. Cuando fuimos más grandes y terminamos la primaria, ya la mayoría contaba con un televisor en su casa, salvo mi abuela que no podía costear semejante lujo, no contaba con pensión, ni jubilación alguna. Y ella sola debía hacerse cargo de los gastos de la casa, impuestos (luz, gas, agua), cuota del Banco hipotecario, que les había ayudado a construir la casa y además la comida y vestimenta de ella y mía. Y todo lo cubría con su trabajo de lavado y planchado, con el alquiler de una habitación y dos o tres pensionistas que tenía y a los que proveía de almuerzo y cena. Comidas servidas en riguroso horario 12hs y 20 horas. Después de dejar en orden la cocina, la abuela se iba cada noche, de lunes a viernes, a la casa su hija a mirar la novela. Cerraba su casa con llave y dejaba siempre una luz encendida, sus hijos y todos sus nietos, sabíamos de esta costumbre y también el lugar dónde la abuela dejaba la llave, por si alguno tenía la necesidad de entrar a la casa, durante su ausencia. Yo, volvía del colegio Domingo Sabio, dónde cursaba estudios, pasadas las 22 has., y más de una vez al entrar a la casa, encontré un papel sobre la mesa con notas manuscritas por la abuela, dirigidas a mí, o a alguno de mis primos. “En el horno hay comida, beso”, “Si vienen a buscar la ropa esta lista en la pieza, beso”, “Si volves a salir, cerra con llave, beso”, “No dejes el gas prendido, si te vas a dormir, beso”… Recuerdo sus notitas y me lleno de ternura. Ella, solo se iba por apenas una hora y a pocos metros de distancia, pero no dejaba de preocuparse por nosotros. Esas notitas eran un mimo más, entre los tantos a los que nos tenía acostumbrados. Yo también, alguna vez había recurrí a las notitas, quizás de manera inconsciente, imitaba a mi abuela. Solía escribir mensajes y los escondía en los lugares más diversos, pero dónde yo sabía que el destinatario los encontraría tarde o temprano y sabría así de mi amor y mi agradecimiento por alguna actitud para conmigo o que me iba extrañando a la persona y el lugar. Clik. Me ilusionaba pensando en la sorpresa o la alegría que iban a generar estos mensajitos. Era una manera de estar presente, con un mimo, más allá de la distancia. Casi sin darme cuenta, esta herencia de la abuela, la traslade a mis hijas, les enseñé que para escribir, desear y decir cosas lindas, no hacía falta una tarjeta costosa, que escritas en un papel común, pero con mucho amor, cumplían el mismo objetivo. Aún hoy conservo notitas de ellas escritas para mí o para su padre. Me di cuenta de ello, hace unos días, cuando buscaba un papel que necesitaba y dentro de la caja había un folio con todos estos tesoros. Con el tiempo, dejamos de ir a lo del gringo a ver tv. Dejamos el barrio. Con el tiempo, ya no hubo más necesidad de escribir notitas para dejar sobre la mesa. Con el tiempo, dejamos de escribir y mandar cartas. Pero el tiempo, no cambia la esencia. Y cómo dice el dicho, “Lo que se hereda no se roba”. Y cómo decía mi abuela: “Cosecharás tu siembra” Prueba de ello, es el mensajito que me despertó días pasados. Mi nieta Almita, escribía y me decía mediante un mensaje de texto ( whatsapp) “ Yo te quiero”.

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